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Me he levantado, lamentando mi desgracia por no haber nacido en la Zarzuela, me he puesto las zapatillas de andar por casa (las de siempre, las que ya tienen más kilómetros que un camión de mercancías) y arrastrándome me he preparado el café. El primero del día, caerán litros. Ese que sabe mejor cuando sabes que te espera otro día espléndido de ser adulto funcional.

Y ahí está, nada más abrir los ojos. La lista. Esa lista mental que no se borra nunca, que se actualiza sola por la noche. Que si el trabajo, que si la compra, que si el mensaje ese que lleva tres días en visto y que ya te da vergüenza contestar, que si la lavadora a medias, que si la cita que hay que pedir, que si el plato del desayuno que acabas de manchar. Que si hay que acompañar… (pon tu mism@ tu lista) Nada grave. Ninguna tragedia griega que vaya a salir en las noticias. Solo nimiedades, una detrás de otra, que de alguna forma misteriosa pesan más que una mudanza entera.

A eso le llamamos agobio cotidiano. Ese que no te da de baja, que no te lleva a urgencias, pero que te deja fundido a las siete de la tarde sin que puedas explicar muy bien por qué, con esa culpa tonta de estar cansado sin haber hecho nada del otro mundo y que te hace pensar que tu vida no tiene esperanza.

Nos han vendido que el estrés es cosa de ejecutivos que gritan por teléfono en una peli de los noventa. Qué va. El agobio de verdad no grita. Susurra. Es un zumbido de fondo. Es tener treinta y siete pestañas abiertas en el cerebro todo el santo día. Estás viendo una serie y estás pensando en la reunión de mañana. Estás con los tuyos y tu cabeza está haciendo la lista de la compra. Le llaman multitarea los gurús de LinkedIn. Yo le llamo no estar en ningún sitio y cansarte en todos a la vez.

Y lo gracioso es cómo nos roba la energía sin hacer ruido. Primero te roba el presente, que es una forma muy fina de decir que no disfrutas de nada. Ni del café que te acabas de hacer con toda la ilusión. Si no estás donde estás, no recargas, solo gastas el doble. Luego te roba el descanso de verdad, porque una cosa es tumbarte en el sofá y otra descansar. Nos tumbamos con el móvil en una mano, con la culpa en la otra y con el cerebro repasando facturas pendientes. Eso no es descansar, es cambiarle de postura al agobio. Y para rematar, te deja sin paciencia para los tuyos, que es lo más bonito de todo el invento. Justo cuando ya no te queda ni gota para ti es cuando menos te queda para los que tienes al lado. Les sueltas el bufido, luego te arrepientes, y ese arrepentimiento también te chupa la poca batería que te quedaba. Negocio redondo.

Y ahí es cuando aparece el iluminado de turno en Instagram a decirte que te levantes a las tres de la mañana, que hagas journaling, respiración holotrópica y un batido verde con semillas traídas del Himalaya. Mira, no. Lo que me faltaba. Otra tarea más para dejar de estar agobiado por las tareas.

Yo, que soy más cutre intento cerrar pestañas. No puedo con todo hoy y no pasa nada. Elijo tres cosas y el resto va a un papel que se llama mañana, si eso lo malo es que la lista de mañana ha parece la enciclopedia Espasa Calpe que llenaba estanterías y más estanterias en los salones de los 80. Intento (casi siempre sin éxito) que mi  cabeza no se pierda , no que lo voy a hacer todo ahora mismo. Luego lo digo en voz alta, sin drama. Estoy hasta arriba. Ya está. Ponerle nombre le quita la mitad de la tontería. Deja de ser esa niebla rara y se convierte en algo concreto. Y de vez en cuando hago una cosa con las dos manos. Solo una. Fregar es fregar. Doblar ropa es doblar ropa. Cinco minutos de hacer solo una cosa valen más que una hora de hacer scroll buscando cómo dejar de estar agobiado. Y entonces es cuando suena el teléfono, me saca de la utopia y volvemos a estar en modo supervivencia post pánico.

El agobio cotidiano no se va a ir. Es el peaje por tener una casa, un trabajo y gente a la que querer. Pero podemos dejar de fingir que somos centrales nucleares con energía infinita.

Y va y para remediarlo te dicen que no necesitas más energía Necesitas dejar de perderla intentando sostenerlo todo a la vez como si fueras un pulpo en una feria. Escuchas eso, pones una sonrisa circunstancial y sigues camino del próximo descalabro.

Ahora me voy a por el enesimo café. Que esa sí que es una tarea prioritaria y no me la quita nadie, aunque sea hipertenso magnitud bíblica.