Archivos para abril, 2026


El Gobierno ha aprobado el proceso de regularización extraordinaria y las solicitudes ya pueden empezar: telemáticas desde el 16 de abril y presenciales a partir del 20 de abril, hasta el 30 de junio de 2026. Se trata de dar papeles (residencia y trabajo por un año y no las barbaridades que algunos van contando por ahi) a esos miles de personas que ya llevan tiempo aquí, trabajando, consumiendo y existiendo como todos nosotros… pero de forma “invisible”.

Y sí,  esto es una excelente noticia porque significa sacar a seres humanos del cajón donde malviven para considerarlos como lo que son, personas con derechos y obligaciones. Aunque algunos se pongan de los nervios. Esto es beneficioso para la Seguridad Social (sí, lo siento señores caciques.Lamento que les duela aceptarlo, ya se que están ustedes muy a gusto en sus invernaderos de fresas y con sus esclavos)

Estas personas ya están aquí. Ya curran, ya pagan en negro, ya llenan supermercados y ya sostienen sectores enteros. Pero sin cotizar como dios manda. Con la regularización pasarán a pagar impuestos y cotizaciones de verdad. Más dinero para las pensiones, más sostenibilidad del sistema y menos peso sobre los que ya estamos dentro. Es casi como que regularizar fuera bueno para las cuentas públicas! Qué escándalo, ¿verdad? Tenemos una población envejecida que necesita de cotizantes, no tenemos relevo generacional, necesitamos urgentemente que esas personas nos sostengan y no verlo es de estar muy cegato.

Pero algo más importante, es obligatorio para que dejen de ser esclavos sin derechos. Porque vivir en irregularidad es exactamente eso: explotación a mansalva, miedo constante, salarios de risa y cero protección. No denuncias abusos porque te pueden deportar, no coges baja porque te echan, y vives con la espada de Damocles encima. Darles papeles no es un “regalo”, es lo mínimo decente que debería hacer un país que presume de ser civilizado en el siglo XXI. O sea, acabar con la esclavitud moderna disfrazada de “economía sumergida”. ¿Tan difícil de entender?

Y aquí llega la parte que no sorprende a nadie con dos dedos de frente: esto no le gusta a los señoritos de PP y  Vox que prefieren jugar a los terratenientes secesionistas del Mississipi de «Norte y Sur». Mientras la patronal, la Iglesia, los sindicatos y una enorme mayoría de la sociedad ven esto como algo lógico y necesario, los partidos de la derecha y la ultraderecha ya están con los recursos, las campañas y los anuncios de llevarlo al Supremo. Prefieren mantener a miles de personas en la sombra, explotables y sin derechos. Porque, claro, mano de obra barata y asustada es mucho más cómoda que reconocer que la realidad existe y que hay que gestionarla con dignidad.

Me teniais intentando hacer volar la cometa mientras sostenía la mona de pascua el día de San Vicente ( te juro que la Artemis 2 le resultó más fácil a la NASA) cuando de repente el móvil me avisa: Donald Trump ha decidido jugar a los piratas. Pero no con un parche en el ojo y un loro gritando “¡doblones!”, no. Este capitán lleva corbata roja, pelo raro imposible y una flota de portaaviones que cuesta más que toda la economía de algunos países.


“¡Arrr! ¡Nadie pasa por Ormuz sin mi permiso!”, debió de rugir desde la Casa Blanca, porque ordenó a la Marina de los Estados Unidos bloquear el estrecho entero. Puertos iraníes cerrados a cal y canto. Cualquier barquito que se acerque demasiado… ¡al fondo del mar! Y todo después de 21 horas de negociaciones en Pakistán que acabaron como el rosario de la aurora: con cero acuerdo y Trump sacando el sable naval.


Irán, cómo no, ha respondido con su mejor cara de indignación: “¡Esto es piratería pura y dura!”. Y uno se queda mirando la pantalla pensando: ¿en serio? ¿El país que llevaba semanas cobrando peaje “voluntario” en el estrecho ahora llama pirata al otro? Es como si Barbanegra acusara a Jack Sparrow de robarle el barco.


Imaginate la escena. El Capitán Trump el Terrible, de pie en el puente de mando del USS Gerald R. Ford, con el viento ondeando su melena rubia y un megáfono en la mano:
— ¡Escuchadme, perros sarnosos iraníes! ¡Este estrecho es mío! ¡El 20% del petróleo mundial pasa por aquí y yo decido quién llena el depósito y quién se queda con el tanque vacío! ¡Si os acercáis, os envío un misil de crucero con dedicatoria personal en mayúsculas!
En vez de “¡al abordaje!”, tuitea (perdón, publica en Truth): “¡El bloqueo más grande y hermoso de la historia! Irán va a suplicar. ¡Make Oil Expensive Again!”.


Lo bonito del asunto es la hipocresía de manual. Cuando Irán cerraba el grifo era “extorsión terrorista”. Cuando lo hace Trump «con cien cañones por banda, viento en popa y a toda vela..»y la Armada más cara del planeta,  es “defensa de la libertad de navegación”. Libertad de navegación que, casualidades de la vida, solo se defiende bien cuando tienes más cañones que el otro y un ego tan grande como para creerse Jesucristo a pesar de estar cada vez más solo y más descerebrado.
Mientras tanto, el petróleo ya baila por encima de los 100 dólares, la gasolina sube como la espuma y aquí en Europa empezamos a calcular si este mes comemos caviar o volvemos a las lentejas. Todo porque el capitán Barbapanocha quiere  el control del estrecho más importante del mundo. Uno con bandera verde y misiles balísticos, el otro con bandera de barras y estrellas y un presupuesto militar que podría comprar media galaxia.


Esto es como ver una película de piratas pero con efectos especiales reales y consecuencias mortales para demasiados inocentes  que parecen no importar en este asunto. Seria un espectáculo si no es porque se nota en la cesta de la compra y si quieres que te diga la verdad, tampoco estamos para gracias en las cosas del comer. Porque al final, da igual si el parche lo lleva Trump o los ayatolás: el que más barcos tiene suele ser el que decide quién es el pirata y quién es la víctima aunque, si quieres que te diga la verdad las víctimas son los inocentes que mueren a bombazos y los que ya hemos de pedir una hipoteca para llenar el depósito y poder ir a trabajar.

Me he levantado, me he puesto las zapatillas de andar por casa (las de siempre, las que ya tienen más kilómetros que un camión de mercancías) y me he preparado el café. El primero del día, caerán litros. Ese que sabe mejor cuando el mundo parece empeñado en demostrar que la especie humana tiene un máster en autodestrucción.
Abro el móvil y… ahí sigue. La guerra de Irán. O mejor dicho, la guerra del hombre panocho del pelo raro e Israel contra Irán. Empezó el 28 de febrero con bombardeos sorpresa. Llevamos mes y pico de misiles cruzando el cielo como si fueran fuegos artificiales caros, drones kamikaze, refinerías ardiendo, el estrecho de Ormuz cerrado a ratos y precios del petróleo que hacen que llenar el depósito sea casi un acto de fe. Miles de muertos, la mayoría civiles, porque al final siempre pagan los mismos. En Irán han liquidado al líder supremo Jamenei y a medio estado mayor. En Israel caen misiles con cabezas de racimo. En Líbano los bombardeos contra Hizbolá siguen como si el alto el fuego fuera solo una sugerencia. Y hoy, 10 de abril de 2026, tenemos un “alto el fuego de dos semanas” que nadie se cree del todo. Trump lo vende como la mayor victoria desde la invención del palo selfie, Irán lo celebra como si hubiera ganado la Champions… y mientras tanto la gente sigue muriendo en Beirut y en Teherán. Brillante.

Pero lo que realmente me atraganta el café no es solo la guerra convencional. Es ese detallito que casi nadie resalta en los telediarios: los misiles iraníes que han caído peligrosamente cerca del Monte del Templo en Jerusalén. Shrapnel salpicando el Muro de las Lamentaciones. Un impacto que rozó la Ciudad Vieja. No ha sido el golpe directo todavía, pero ha estado a unos cientos de metros. Y todos sabemos lo que significa ese sitio.

El Muro de las Lamentaciones es el lugar más sagrado para los judíos. Justo encima está la Explanada de las Mezquitas, tercer lugar santo del islam. Y para un montón de cristianos evangélicos radicales, es el decorado perfecto para el Tercer Templo y el gran estreno del Armagedón. Así que imaginaos la escena: un solo misil que se desvíe medio kilómetro (o un “accidente” de esos que luego nadie reclama) y pasamos de guerra regional a apocalipsis mundial con banda sonora de trompetas celestiales.
Madre mía, qué ingeniosos somos. Después de miles de años de civilización, seguimos jugando a ver quién hace explotar primero el sitio más delicado del planeta. Es como si hubiéramos construido una bomba de relojería y ahora nos peleáramos por ver quién tiene el honor de ser el que aprieta el botón.

Yo desde aquí, con mis zapatillas rotas y el café ya frío, solo puedo pensar en la gente normal. La madre iraní que perdió a su hija en un colegio alcanzado “por error”. El padre israelí que mete a sus niños en el refugio cada vez que suenan las sirenas -como soy un pardillo sigo pensando que alguien decente habrá por allí -. El libanés que ya no sabe si reconstruir la casa porque mañana puede volver a caer. Esa gente no quiere Armagedón. Ni siquiera quiere esta guerra. Solo quiere vivir en paz y que sus hijos lleguen a la edad de quejarse de los precios del pan.

Y mientras tanto, los de arriba firman altos el fuego de papel higiénico y siguen moviendo fichas en el tablero como si el mundo fuera un Risk gigante y ellos los jugadores inmortales.

No sé vosotros, pero yo estoy hasta las narices de que nos vendan el apocalipsis como si fuera inevitable. No lo es. Es una elección. Una elección estúpida, absurda y criminal.

Ojalá este alto el fuego aguante más de lo que duran las promesas electorales. Ojalá nadie apriete el botón sagrado. Ojalá un día nos despertemos y el mayor titular sea que por fin alguien ha decidido que la vida de la gente vale más que cualquier muro, cualquier templo o cualquier profecía de pacotilla.
Mientras tanto… yo sigo aquí  tomando café. Y rezando (a mi manera descreída) para que el Muro de las Lamentaciones siga siendo solo un muro donde la gente llora sus penas como la Zarzamora… y no el escenario donde el mundo entero se viene abajo por un error de puntería.