Siéntate un momento, ponte cómodo y prepara la cafetera, porque el circo político acaba de desplegar su carpa más grotesca. Isabel Díaz Ayuso y parte de la cúpula del PP han decidido arrancar motores agitando la sombra del pucherazo y rogando al personal que ni se le ocurra votar por correo. Resulta fascinante ver cómo se lanza la sospecha sobre decenas de miles de empleados públicos con esa soltura de quien comenta el tiempo en el ascensor, insinuando que las urnas españolas se manipulan con la misma facilidad con la que se truca una tómbola de pueblo.
Lo grave, más allá de la rabieta mediática, es la ignorancia o la mala fe con la que se desprecian los mecanismos de un sistema electoral que es de los más blindados del mundo. Para pedir el voto por correo necesitas identificarte con tu DNI. En ese preciso instante, la Oficina del Censo Electoral te pone un sello en la ficha que te impide por completo acudir a votar en persona el domingo, evitando que vayas a ser el Padre Pío de Pietrelcina y tengas el don de la ubicuidad o que alguien intente votar dos veces. Cuando te llega la documentación a casa, vuelves a enseñar el DNI para recibirla. Y cuando vas a la oficina a depositar el sobre cerrado, adivinad qué te piden: otra vez el DNI.
Por si alguien piensa que en Correos hay un sótano donde la fontanera y los carteros cambian papeletas por vales de descuento, la realidad es bastante más aburrida. Correos solo transporta paquetes precintados. No cuenta nada, no abre nada y no guarda secretos. El día de las elecciones, a primera hora de la mañana, los carteros entregan esos sobres cerrados directamente en cada mesa electoral. Allí, delante del presidente de la mesa, dos vecinos elegidos por sorteo y una masa de apoderados e interventores de todos los partidos políticos vigilándose entre sí como en un duelo de película, el sobre se introduce en la urna. Salvo que la conspiración incluya a tu vecino del quinto, al cartero de tu barrio y a los interventores de la oposición, colar un fraude masivo es técnicamente imposible.
Pero claro, la verdad importa poco cuando el objetivo es construir un jaque mate narrativo donde la banca siempre gana. Si ganan las elecciones, saldrán a los balcones a colgarse la medalla de haber salvado la democracia derrotando al fantasma del fraude gracias a la movilización masiva. Si pierden las elecciones, no habrá ni medio minuto de autocrítica sobre si su propuesta no convence; saldrán en tromba rasgándose las vestiduras, gritando a pleno pulmón que ya lo avisaron y que les han robado las urnas. Es una estrategia trampa diseñada para erosionar la confianza en las instituciones y deslegitimar el resultado antes de que se abran las urnas.
Lo peor de todo es saber que esto no es el plato fuerte, sino un triste aperitivo. Nos espera una campaña electoral a cara de perro, nauseabunda, ultraembarrada y violenta por todos los costados, donde las propuestas brillarán por su ausencia y el barro será la única materia prima. Así que abrochate el cinturón, ponte el casco y prepara el estómago, porque la que se nos viene encima va a ser de época.






