La lista de Marlaska

Publicado: 10 septiembre, 2026 en actualité...

Te sirves una taza de café recién hecho para intentar arrancar el día aparentando cierta dignidad y te dispones a empezar el día pensando que la mayor amenaza a tu libertad va a ser el algoritmo de Netflix. Y entonces abres las noticias y descubres la filtración de las listas de periodistas del Ministerio del Interior. Te da por mirar de reojo al router por si acaso.

Imaginar la escena tiene su punto berlanguiano: un despacho oficial con luz fluorescente y alguien entretenido en clasificar informadores como si fueran cromos de la Liga. «Este es peleón», «este nos tiene mania», «este escribe raro». Sería para partirse de risa si no fuera porque, en el fondo, es un bofetón con la mano abierta a nuestra sensación de democracia. De repente te das cuenta de que el Estado, ese que se supone que vela por tus derechos, estaba en el pasillo haciendo listas de quién es «bueno» y quién es «malo» para la causa y eso, llamame ratito, no parece muy tranquilizador.

No he podido evitar acordarme de los primeros años noventa, justo cuando cayó el Bloque del Este y se abrieron los archivos de la Stasi. Esas imágenes de los ciudadanos de Berlín Este haciendo cola en la puerta de los antiguos ministerios, acercándose a las carpetas con una mezcla insuperable de curiosidad cotilla y puro espanto. Acudían temblando por descubrir si el informe oficial sobre su vida lo había firmado su vecino del quinto o su propio primo, y qué puñetas habían dejado anotado sobre ellos en una máquina de escribir con cinta desgastada.

Hoy las carpetas de cartón con gomas elásticas se han cambiado por archivos de Excel y bases de datos, pero la pulsión de «fichar al personal» sigue intacta. Que desde las cloacas (o las plantas nobles) del poder se dediquen a catalogar a la gente que tiene la puñetera obligación de fiscalizarlos roza lo estrambótico, pero sobre todo es peligrosísimo.

En fin, apuro el café y espero que, si en algún despacho oficial hay un informe sobre este blog, al menos hayan anotado que el autor es un «Friki»  que escribe con un café excelente y un par de pantuflas bien cómodas. Porque como nos quiten la retranca, ya solo nos queda echarnos a llorar y exiliarnos a Pernambuco.

Hoy, nada más  encender la radio me encuentro con  la última del Supremo. ¿No te has enterado? Pues prepárate un café o algo bastante más fuerte, porque hoy el Tribunal Supremo se ha levantado con ganas de darnos una lección magistral de lo que viene siendo la «eficiencia burocrática»… o el delirio institucional, según se mire.

Escuchaba hace un rato la reflexión de Aimar Bretos a cuenta de la última jugada del Alto Tribunal con la famosa «ley de nietos», y de verdad que es para ponerse a aplaudir de pie. O para llorar en el sofá, lo que te pida el cuerpo.
A ver si me he enterado bien, que uno es de pueblo y estas sutilezas del Derecho a veces se me escapan: resulta que una ley te reconoce la nacionalidad, te entregan tu flamante pasaporte español con su escudo dorado, te dicen «¡enhorabuena, ya eres español!»… pero el Supremo decide que, en lo de votar, mejor vamos a echar el freno de mano. Que para qué precipitarnos con minucias como la democracia.
Así que han mandado a los consulados a revisar la lista del censo uno por uno, con lupa, paciencia infinita y el ritmo trepidante que tanto caracteriza a nuestra administración.

El resultado es sencillamente brillante: miles de personas que ya son legalmente españolas se han quedado congeladas en un precioso limbo. Tienen deberes, tienen pasaporte, pero ¡ojo!, el derecho a voto se lo guardan en un cajón mientras comprueban si de verdad se lo merecen. Es como contratar la versión Premium de la ciudadanía española, pero descubriendo que el paquete básico de derechos venía en la letra pequeña. Españoles en versión demo. Españoles con asterisco.
¿Que el derecho al voto es el pilar fundamental de un Estado democrático? ¡Por favor, qué exageración! Dónde va a parar la emoción de no saber si hoy eres un ciudadano de pleno derecho o si tu capacidad política depende del auto judicial de un señor con toga que ha decidido ponerse estupendo a última hora.

Es maravilloso ver cómo se nos llena la boca hablando de seguridad jurídica e instituciones ejemplares mientras creamos, de un plumazo y con modales impecables, españoles de primera, de segunda y españoles «en sala de espera hasta nuevo aviso».
En fin, así estamos: disfrutando de una democracia de edición limitada.

Con el café caliente entre las manos y la pantalla aún devolviéndome las imágenes de ayer, resulta difícil no quedarse con una sensación de opresión en el pecho. Resulta dificil   buscar un punto de sensatez en medio de tanto ruido. Y lo de ayer me ha dejado dando vueltas a la cabeza durante toda la mañana.

Por un lado, entiendo perfectamente la necesidad de manifestarse en favor de Ceuta. Faltaría más. Apoyar a una parte tan querida y fundamental de nuestro mapa, alzar la voz por la estabilidad, la seguridad y la dignidad de nuestros vecinos ceutíes, es un gesto de empatía ciudadana que jamás voy a cuestionar. Manifestarse por una causa legítima forma parte de lo mejor de nuestra convivencia.

Pero lo que vi colarse en esas marchas me dio un miedo atroz. Ver a grupos de la extrema derecha zarandeando a periodistas, acosando a profesionales de la comunicación que simplemente estaban haciendo su trabajo, me revolvió el estómago. No hay nada más sintomático ni más peligroso que intentar amedrentar al que sostiene el micrófono o la cámara. Quien ataca a la prensa no busca defender a España; busca impedir que se conozca la verdad e imponer el miedo sobre la libertad de información. Eso no es patriotismo, es matonismo puro y duro. La verdad, lo peor de todo es que estamos repitiendo los patrones del pasado con una alegría y una irresponsabilidad pasmosa. Acabaremos arripintiendonos.

Y mientras la calle se calienta con estas derivas extremistas, la mirada hacia el poder tampoco ofrece mucho consuelo. La sensación generalizada es la de un Ejecutivo completamente quemado y arrasado por las circunstancias, devorado por la acumulación de crisis y un goteo constante de escándalos que han terminado por erosionar su credibilidad. Ya sólo faltaba el informe de la policía y Marlaska! Paco me decía ayer en el café que resulta inevitable pensar en algo oscuro y si ya te salta a la cabeza el escándalo de los teléfonos y Pegasus..  No se, quiero pensar que no, no soy tan conspiranoico pero es verdad quizá haya llegado ese punto de desgaste irreversible donde lo más sensato, limpio y democrático sea devolverle la voz a la ciudadanía y convocar elecciones para despresurizar el ambiente. Aunque por otra parte también es verdad que igual lo que entra es peor, pero, hijo, «la aventura es la aventura» .

Nos estamos encontrando atrapados entre la violencia radical de quienes quieren callar a los medios y el agotamiento de un proyecto político desgastado. Hoy más que nunca toca pedir sosiego, defender el periodismo libre y recordar que la democracia se cuida desde la razón, no desde los empujones.

SOBRE PEGASUS..
https://enzapatillasdeandarporcasa.com/2022/05/10/pegaso/

Ceuta. Un mechero en el polvorín

Publicado: 28 agosto, 2026 en actualité...

Hay días en los que uno se sirve un café cargado  y desearía con todas sus fuerzas que el periódico viniera solo con el crucigrama y el horóscopo. Pero enciendes la pantalla y te encuentras con que la situación en Ceuta ha decidido escalar a categoría de polvorín. La cosa ha cruzado esa frontera donde la tragedia humana se mezcla con la irresponsabilidad absoluta: un grupo de migrantes embistiendo un vehículo del Ejército —que tampoco es exactamente el mejor formato para pedir asilo— y, como respuesta vecinal, unos cuantos linchadores de fin de semana quemando campamentos de paja en la playa del Trampolín e impidiendo el paso a la Cruz Roja. Confundir el orden público con un partido de rugby sin árbitro es la receta perfecta para el descalabro.

Lo fascinante —si por fascinante entendemos esa ironía amarga que te hace suspirar— es la rapidez del efecto contagio. En Valencia ya han asomado la patita unas patrullas nocturnas que recuerdan demasiado a un casting fallido para una película sobre los años treinta. Muchachones «muy indignados» , con la estética de siempre y el discurso de «proteger el barrio», paseando un fascismo de garrafón camuflado de civismo que a estas horas espero que ya no engañe a nadie. Es la jugada clásica de la extrema derecha: coger el desconcierto legítimo de los vecinos, aderezarlo con un par de eslóganes identitarios y vender la cacería de gente vulnerable como si fuera voluntariado social. Spoiler, si no tomamos esto en serio, acabará fatal, ya sabes, elecciones, violencia, quemas, invasiones de Polonia y cosas por el estilo.

Mientras tanto, en la Moncloa, se reacciona con la agilidad que le caracteriza: la de un perezoso tomando una tila. Es exasperante comprobar cómo la alta burocracia necesita cuatro comisiones de análisis, dos reuniones extraordinarias y un borrador de argumentario electoral antes de admitir que la casa se está incendiando. Van a remolque de la realidad, dejando a las fuerzas de seguridad sin directrices claras y pretendiendo apagar un conflicto estructural a base de cosmética mediática y tuits bienintencionados.

¿El trasfondo? El de siempre. Un vecino al otro lado del Estrecho que abre o cierra la llave de la desesperación humana cada vez que necesita apretarle las tuercas diplomáticas a Madrid y a Bruselas, sumado a una oposición parlamentaria a la que el caos le parece un precio razonable si le da tres puntos más en las encuestas. Defender los derechos humanos con determinación , exigir un Estado eficaz y plantar cara al matonismo callejero no debería ser una quimera; es, simplemente, tener dos dedos de frente. Pero claro, pedir sensatez institucional y que se calme los ánimos en estos tiempos empieza a parecer una excentricidad de la izquierda moderada.

Se me ha vuelto a enfriar el café de la mañana, y no precisamente por despiste. Estaba mirando la pantalla con la misma cara de perplejidad de siempre mientras leía los detalles del asalto y la presión en Ceuta de este pasado fin de julio. Ver las imágenes de cientos de chavales jugándose el pellejo en el agua te encoge el cuerpo, pero lo que te indigna de verdad —si nos quitamos la venda de la corrección política un segundo— es la sensación de estar presenciando una función de teatro perversa donde las marionetas ponen la piel y los titiriteros mueven los hilos desde el palco. Vamos a ser claros. Que un flujo masivo de esa magnitud coincida en el calendario con la celebración del Día del Trono y con el propio rey Mohamed VI paseando plácidamente a tiro de piedra de la frontera, entre Tetuán y Castillejos, no es casualidad. En la alta diplomacia las casualidades no existen. Quien crea que esto es solo un fenómeno espontáneo alimentado por cuatro canales de Telegram ignora cómo funciona el grifo de la frontera marroquí: cuando interesa presionar a Madrid o apretar las tuercas a Bruselas para arañar concesiones, la vigilancia se relaja y se deja hacer. Lo perverso del asunto es la frialdad con la que se utiliza la vulnerabilidad de miles de jóvenes como moneda de cambio geopolítica. Rabat mide los tiempos y abre la mano mientras nosotros, desde la comodidad del sofá, nos enzarzamos en debates estériles entre el buenismo ingenuo de salón y el discurso del odio. La realidad a ras de suelo es durísima: los servicios de acogida desbordados, las fuerzas de seguridad al límite, la población de Ceuta viviendo en un sinvivir y la dignidad humana pisoteada en la orilla. No es cinismo, es realismo básico: se debe exigir una política migratoria y humanitaria intachable, pero sin pecar de pardillos ante el chantaje de palacio. Desde estas zapatillas con las que piso el suelo de mi casa, lo tengo cada vez más claro: la empatía nunca debería volvernos ciegos frente a la geopolítica de trinchera. ¿ Verdad que también piensas que desde España y Europa seguimos pecando de demasiada ingenuidad cuando nos miden el pulso desde el otro lado del estrecho?


El Gobierno ha aprobado el proceso de regularización extraordinaria y las solicitudes ya pueden empezar: telemáticas desde el 16 de abril y presenciales a partir del 20 de abril, hasta el 30 de junio de 2026. Se trata de dar papeles (residencia y trabajo por un año y no las barbaridades que algunos van contando por ahi) a esos miles de personas que ya llevan tiempo aquí, trabajando, consumiendo y existiendo como todos nosotros… pero de forma “invisible”.

Y sí,  esto es una excelente noticia porque significa sacar a seres humanos del cajón donde malviven para considerarlos como lo que son, personas con derechos y obligaciones. Aunque algunos se pongan de los nervios. Esto es beneficioso para la Seguridad Social (sí, lo siento señores caciques.Lamento que les duela aceptarlo, ya se que están ustedes muy a gusto en sus invernaderos de fresas y con sus esclavos)

Estas personas ya están aquí. Ya curran, ya pagan en negro, ya llenan supermercados y ya sostienen sectores enteros. Pero sin cotizar como dios manda. Con la regularización pasarán a pagar impuestos y cotizaciones de verdad. Más dinero para las pensiones, más sostenibilidad del sistema y menos peso sobre los que ya estamos dentro. Es casi como que regularizar fuera bueno para las cuentas públicas! Qué escándalo, ¿verdad? Tenemos una población envejecida que necesita de cotizantes, no tenemos relevo generacional, necesitamos urgentemente que esas personas nos sostengan y no verlo es de estar muy cegato.

Pero algo más importante, es obligatorio para que dejen de ser esclavos sin derechos. Porque vivir en irregularidad es exactamente eso: explotación a mansalva, miedo constante, salarios de risa y cero protección. No denuncias abusos porque te pueden deportar, no coges baja porque te echan, y vives con la espada de Damocles encima. Darles papeles no es un “regalo”, es lo mínimo decente que debería hacer un país que presume de ser civilizado en el siglo XXI. O sea, acabar con la esclavitud moderna disfrazada de “economía sumergida”. ¿Tan difícil de entender?

Y aquí llega la parte que no sorprende a nadie con dos dedos de frente: esto no le gusta a los señoritos de PP y  Vox que prefieren jugar a los terratenientes secesionistas del Mississipi de «Norte y Sur». Mientras la patronal, la Iglesia, los sindicatos y una enorme mayoría de la sociedad ven esto como algo lógico y necesario, los partidos de la derecha y la ultraderecha ya están con los recursos, las campañas y los anuncios de llevarlo al Supremo. Prefieren mantener a miles de personas en la sombra, explotables y sin derechos. Porque, claro, mano de obra barata y asustada es mucho más cómoda que reconocer que la realidad existe y que hay que gestionarla con dignidad.

Me teniais intentando hacer volar la cometa mientras sostenía la mona de pascua el día de San Vicente ( te juro que la Artemis 2 le resultó más fácil a la NASA) cuando de repente el móvil me avisa: Donald Trump ha decidido jugar a los piratas. Pero no con un parche en el ojo y un loro gritando “¡doblones!”, no. Este capitán lleva corbata roja, pelo raro imposible y una flota de portaaviones que cuesta más que toda la economía de algunos países.


“¡Arrr! ¡Nadie pasa por Ormuz sin mi permiso!”, debió de rugir desde la Casa Blanca, porque ordenó a la Marina de los Estados Unidos bloquear el estrecho entero. Puertos iraníes cerrados a cal y canto. Cualquier barquito que se acerque demasiado… ¡al fondo del mar! Y todo después de 21 horas de negociaciones en Pakistán que acabaron como el rosario de la aurora: con cero acuerdo y Trump sacando el sable naval.


Irán, cómo no, ha respondido con su mejor cara de indignación: “¡Esto es piratería pura y dura!”. Y uno se queda mirando la pantalla pensando: ¿en serio? ¿El país que llevaba semanas cobrando peaje “voluntario” en el estrecho ahora llama pirata al otro? Es como si Barbanegra acusara a Jack Sparrow de robarle el barco.


Imaginate la escena. El Capitán Trump el Terrible, de pie en el puente de mando del USS Gerald R. Ford, con el viento ondeando su melena rubia y un megáfono en la mano:
— ¡Escuchadme, perros sarnosos iraníes! ¡Este estrecho es mío! ¡El 20% del petróleo mundial pasa por aquí y yo decido quién llena el depósito y quién se queda con el tanque vacío! ¡Si os acercáis, os envío un misil de crucero con dedicatoria personal en mayúsculas!
En vez de “¡al abordaje!”, tuitea (perdón, publica en Truth): “¡El bloqueo más grande y hermoso de la historia! Irán va a suplicar. ¡Make Oil Expensive Again!”.


Lo bonito del asunto es la hipocresía de manual. Cuando Irán cerraba el grifo era “extorsión terrorista”. Cuando lo hace Trump «con cien cañones por banda, viento en popa y a toda vela..»y la Armada más cara del planeta,  es “defensa de la libertad de navegación”. Libertad de navegación que, casualidades de la vida, solo se defiende bien cuando tienes más cañones que el otro y un ego tan grande como para creerse Jesucristo a pesar de estar cada vez más solo y más descerebrado.
Mientras tanto, el petróleo ya baila por encima de los 100 dólares, la gasolina sube como la espuma y aquí en Europa empezamos a calcular si este mes comemos caviar o volvemos a las lentejas. Todo porque el capitán Barbapanocha quiere  el control del estrecho más importante del mundo. Uno con bandera verde y misiles balísticos, el otro con bandera de barras y estrellas y un presupuesto militar que podría comprar media galaxia.


Esto es como ver una película de piratas pero con efectos especiales reales y consecuencias mortales para demasiados inocentes  que parecen no importar en este asunto. Seria un espectáculo si no es porque se nota en la cesta de la compra y si quieres que te diga la verdad, tampoco estamos para gracias en las cosas del comer. Porque al final, da igual si el parche lo lleva Trump o los ayatolás: el que más barcos tiene suele ser el que decide quién es el pirata y quién es la víctima aunque, si quieres que te diga la verdad las víctimas son los inocentes que mueren a bombazos y los que ya hemos de pedir una hipoteca para llenar el depósito y poder ir a trabajar.

Me he levantado, me he puesto las zapatillas de andar por casa (las de siempre, las que ya tienen más kilómetros que un camión de mercancías) y me he preparado el café. El primero del día, caerán litros. Ese que sabe mejor cuando el mundo parece empeñado en demostrar que la especie humana tiene un máster en autodestrucción.
Abro el móvil y… ahí sigue. La guerra de Irán. O mejor dicho, la guerra del hombre panocho del pelo raro e Israel contra Irán. Empezó el 28 de febrero con bombardeos sorpresa. Llevamos mes y pico de misiles cruzando el cielo como si fueran fuegos artificiales caros, drones kamikaze, refinerías ardiendo, el estrecho de Ormuz cerrado a ratos y precios del petróleo que hacen que llenar el depósito sea casi un acto de fe. Miles de muertos, la mayoría civiles, porque al final siempre pagan los mismos. En Irán han liquidado al líder supremo Jamenei y a medio estado mayor. En Israel caen misiles con cabezas de racimo. En Líbano los bombardeos contra Hizbolá siguen como si el alto el fuego fuera solo una sugerencia. Y hoy, 10 de abril de 2026, tenemos un “alto el fuego de dos semanas” que nadie se cree del todo. Trump lo vende como la mayor victoria desde la invención del palo selfie, Irán lo celebra como si hubiera ganado la Champions… y mientras tanto la gente sigue muriendo en Beirut y en Teherán. Brillante.

Pero lo que realmente me atraganta el café no es solo la guerra convencional. Es ese detallito que casi nadie resalta en los telediarios: los misiles iraníes que han caído peligrosamente cerca del Monte del Templo en Jerusalén. Shrapnel salpicando el Muro de las Lamentaciones. Un impacto que rozó la Ciudad Vieja. No ha sido el golpe directo todavía, pero ha estado a unos cientos de metros. Y todos sabemos lo que significa ese sitio.

El Muro de las Lamentaciones es el lugar más sagrado para los judíos. Justo encima está la Explanada de las Mezquitas, tercer lugar santo del islam. Y para un montón de cristianos evangélicos radicales, es el decorado perfecto para el Tercer Templo y el gran estreno del Armagedón. Así que imaginaos la escena: un solo misil que se desvíe medio kilómetro (o un “accidente” de esos que luego nadie reclama) y pasamos de guerra regional a apocalipsis mundial con banda sonora de trompetas celestiales.
Madre mía, qué ingeniosos somos. Después de miles de años de civilización, seguimos jugando a ver quién hace explotar primero el sitio más delicado del planeta. Es como si hubiéramos construido una bomba de relojería y ahora nos peleáramos por ver quién tiene el honor de ser el que aprieta el botón.

Yo desde aquí, con mis zapatillas rotas y el café ya frío, solo puedo pensar en la gente normal. La madre iraní que perdió a su hija en un colegio alcanzado “por error”. El padre israelí que mete a sus niños en el refugio cada vez que suenan las sirenas -como soy un pardillo sigo pensando que alguien decente habrá por allí -. El libanés que ya no sabe si reconstruir la casa porque mañana puede volver a caer. Esa gente no quiere Armagedón. Ni siquiera quiere esta guerra. Solo quiere vivir en paz y que sus hijos lleguen a la edad de quejarse de los precios del pan.

Y mientras tanto, los de arriba firman altos el fuego de papel higiénico y siguen moviendo fichas en el tablero como si el mundo fuera un Risk gigante y ellos los jugadores inmortales.

No sé vosotros, pero yo estoy hasta las narices de que nos vendan el apocalipsis como si fuera inevitable. No lo es. Es una elección. Una elección estúpida, absurda y criminal.

Ojalá este alto el fuego aguante más de lo que duran las promesas electorales. Ojalá nadie apriete el botón sagrado. Ojalá un día nos despertemos y el mayor titular sea que por fin alguien ha decidido que la vida de la gente vale más que cualquier muro, cualquier templo o cualquier profecía de pacotilla.
Mientras tanto… yo sigo aquí  tomando café. Y rezando (a mi manera descreída) para que el Muro de las Lamentaciones siga siendo solo un muro donde la gente llora sus penas como la Zarzamora… y no el escenario donde el mundo entero se viene abajo por un error de puntería.

Consternación

Publicado: 19 enero, 2026 en actualité...
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Hoy, como todo el país, como toda la buena gente de bien, hemos sentido ese frío que te recorre la columna y se te queda ahí, alojado.
Ese zarpazo extraño, mezcla de irrealidad y de realidad demasiado cruda. Algo terrible que nos recuerda que nuestros planes, nuestras agendas no valen de nada. El destino o como quieras llamarle te llevará a subir al tren y cambiará las reglas del juego.


Una tristeza honda, de las que pesan en el pecho y no se quitan con nada. Un golpe que sabes que tardará en borrarse, si es que alguna vez se borra del todo. Pero que una vez más nos enseñara lo bueno y lo malo de la especie humana, mientras unos, la mayoría se volcara con las víctimas, arrimando el hombro con lo que buenamente se pueda, otros se dedicarán al amarillismo, a la venta de lágrimas y a la audiencia fácil. En fin, somos así.


Un accidente como el que los ha estremecido hoy nos recuerda, de la manera más bestia posible, lo frágil que es esto de estar vivos. Que en cualquier momento, zas, todo puede cambiar. Hoy estás pensando en las vacaciones o en el cumpleaños que viene y en dos segundos, la nada más absoluta. Es la vida, es lo que está fuera de nuestro alcance y escondemos como si fuésemos dueños de nuestro destino.


Y ahora qué? Pues nada… somos humanos,  Tocará seguir. Porque así estamos programados, porque los genes no entienden de duelos eternos y porque, nos guste o no, hay que levantarse, hacer café y seguir andando por casa (o por donde toque).
Pero madre mía, qué horror.
Qué nudo en la garganta colectivo.
Qué desgarro.
Eso, exactamente eso, es la consternación.

Hoy hace algo de fresco, el tiempo ha cambiado ya a lo que debiera parecerse, se está bastante bien en casa con una taza de café nada pretencioso en la mano pero con una sensación extraña, como de tener el corazón este hipertensión que me ha tocado apretado como un puño.
Parece que vivamos en un mundo reducido a un scroll infinito de noticias cada cual más espantosa que la anterior, por eso vale la pena de vez en cuando apagar cacharros, sentarse con un café (contradicción pero de algo hay que morir) y charlar si la ocasión se tercia, en buena compañía.
Estoy repasando lo último que se cuenta de la Flotilla de Gaza 2025, y da ganas de salir gritando al balcón pero como nadie me va a oír, abriré la ventana esta que tengo un tanto oxidada. Estava leyendo algo de esa epopeya de coraje humano que Israel acaba de ahogar en mitad del mar de la impunidad del que se sabe intocable porque lo protege el matón del patio y sabe que en dos días todo a a ara al final de scroll ese que decía antes y que todo lo aplasta. La verdad es que ando con una rara la mezcla de rabia y esperanza, porque si no lo hacemos nosotros, ¿quién? En la ONU, nada de nada..
Imaginadlo, 42 barcos, un ejército de velas blancas surcando el Mediterráneo como un sueño colectivo de solidaridad. La Global Sumud Flotilla, organizada por la Freedom Flotilla Coalition y aliados globales. Los esquíes zarparon con un mensaje claro: romper el bloqueo ilegal de Israel a Gaza, intentar llevar ayuda humanitaria y gritar al mundo que el genocidio está ante nuestras narices. Eran 450 activistas de todos los rincones –europeos, árabes, africanos, latinoamericanos–, gente que se embarcó en una aventura que ya se intuïa perdida pero ¿y qué? Acaso don Quijote no asalto a los molinos? .
El 1 de octubre, el sueño chocó contra la implacable realidad: fuerzas israelíes interceptaron la flotilla, arrestaron a cientos y la desmantelaron como si fuera un juguete roto. Un último barco logró avanzar un poco más, pero el resto… evaporado en detenciones y deportaciones.
Y ahora empieza la pesadilla. Las voces de los liberados claman desde las sombras de la vergüenza. «Nos trataron como monos», dice una activista deportada, describiendo golpes, interrogatorios interminables y celdas que apestan a miedo. ¿Derechos? ¿Garantías? Y eso que es?
313 personas siguen retenidas ilegalmente en prisiones de alta seguridad, atrapados por un apartheid que el mundo finge no ver mientras Gaza se desangra –con bombas crueles y experimentales que caen como lluvia ácida sobre niños que sueñan con vivir y reír en vez de con misiles–, estos héroes del mar nos recuerdan que la resistencia no es un hashtag. Es carne, sudor y salitre.
El domingo pasado, mientras pedaleba bajo un sol propio del cambio climático que quema como la conciencia, no podía dejar de pensar en esos niños de Gaza. ¿Cuántos flotan ya en el mar de la indiferencia? ¿Cuántos marineros enrolados volverán a casa con moratones en el alma, se miran al espejo y se preguntan si valió la pena? Pues sí, valió. Porque cada vela rasgada enciende una antorcha en nuestras vidas sedentarias. Recordad el Muro de Berlín, que cayó no por tanques, sino por manos unidas. Hoy, los muros son invisibles, pero igual de criminales.
Esto no va de política lejana. Es nuestra hipocresía expuesta. Europa, que llora por Ucrania, calla ante Palestina. EE.UU., que predica libertades, arma el bloqueo. Y nosotros, en casa, ¿qué? ¿Otro like en Instagram?
La Flotilla de Gaza no llegó a su destino, pero plantó una semilla. El próximo convoy ya se gesta –llegará pronto, dicen las voces del Instagram de la Coalición. Sumud: resistencia. No es solo una palabra árabe; es el pulso de la humanidad.
Una cosa,. Si queréis profundizar, mirad el informe de Al Jazeera sobre las detenciones. Y sí, el café ayuda, pero la acción cura.