No, Rusia no va a invadir a nadie (Más)
Desde que el mundo es mundo, el miedo ha sido la herramienta de diseño más eficiente para someter a las masas. Es un truco tan viejo como la historia, pero sigue funcionando como si lo hubieran inventado esta mañana: nos enseñan un monstruo debajo de la cama, entramos en pánico y salimos corriendo a comprar una falsa sensación de seguridad entregando, como comisión habitual, un trozo de nuestra libertad.
Pasaba en la Edad Media con la salvación eterna, pasó tras el 11S con el espionaje masivo y pasa cada noche en la estructura básica de la mafia, donde el matón de turno te exige una «cuota de tranquilidad» para asegurarse de que nadie queme tu negocio. ¿La paradoja? El que te cobra por la protección es exactamente el mismo que alimenta la amenaza.
Párate a pensarlo un segundo. Quienes mejor manejan la narrativa de la urgencia son los mismos que históricamente han necesitado meterse en cualquier fregado geopolítico para mover la maquinaria. Pasó con la conveniente excusa del hundimiento del Maine, con Pearl Harbor y con la era de paranoia global inaugurada tras las Torres Gemelas. Ahora el guion se actualiza para los tiempos del scroll infinito: nos repiten en bucle que vivimos en una cuenta atrás constante, que el malo de turno —ahora le toca a Rusia— está a punto de invadirnos en cuestión de minutos.
Pero, a ver, usémonos la cabeza dos minutos. ¿Para qué narices querría Rusia invadirnos a todos de golpe? ¿Para tirarse encima a toda la comunidad internacional y lograr que los Urales acaben convertidos en una llanura de ceniza? ¿Para aniquilar a los mismos clientes que forman parte de su negocio?
Desde el sofá de mi casa, permitidme que grite bien fuerte aquello de: ¡anda ya!
Esto no va de épica, ni de defender los valores de la civilización. Más bien me parece la enésima maniobra del señor del pelo raro y su selecto club de amigos para hacernos tragar piedras de molino cada vez más grandes sin que se nos ocurra levantar la voz.
Porque seamos claros: la alta política raras veces va de grandes ideales; casi siempre va de intereses y chequeras. Y cuando nos venden que el apocalipsis está a la vuelta de la esquina, lo sensato no es salir corriendo a comprar velas, sino mirar quién firma los contratos armamentísticos y quién saca rédito electoral de mantenernos en un estado de taquicardia continua.
No se trata de negar que el mundo sea un sitio convulso y lleno de tipos peligrosos. Se trata de algo mucho más sencillo: negarnos a aceptar que la única respuesta posible sea siempre aflojar el bolsillo, asumir más recortes en lo social, renunciar a libertades y tragar con el relato de turno sin hacer una sola pregunta.
Al final, el mecanismo es perfecto: si consiguen que tengas el suficiente miedo, terminarás pidiendo tus propias cadenas con tal de sentirte a salvo. Y mientras sigamos comprando la falsa seguridad al precio que nos pidan, el negocio del pánico seguirá siendo la industria más rentable de la historia






