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Erase una vez en un reino muy muy lejano en el que un buen día todos sus dirigentes perdieron la chaveta.

 Ese país se regía por un monarca que siempre había aparentado ser campechano y bonachón hasta que un día cayó víctima de un hechizo de la bruja de turno (rellene espacio en blanco) y se transformó en un ser decrépito incapaz de cometer su escaso cometido y especialista en ridículos desmanes, la caza de todo bicho viviente y firmar discursos y misivas sin sentido. Ese hechizo contagió a toda la familia real que por obra de magia se transformó en una especie de amarillista “reality” viviente del que todos en el reino murmuraban, y con razón, ya que algunos de sus miembros parecían presos de una cleptomanía patológica mientras otros sucumbían a los fastos de una opulencia trasnochada.

 Mención aparte merecerían sus gobernantes que entre comisiones, supersueldos y megacomilonas olvidaron eso que sus habitantes apreciaban, algo tan simple como la democracia, la honradez y el gobierno justo… Empezaron su maquiavelista plan proporcionándoles todo tipo de beneficios, regalándoles todas las ayudas, facilidades y todas las subvenciones que pudiesen imaginar para, una vez habituados a vivir al estilo de Jauja, someterles al sádico despojo de los derechos mas básicos. Todo bajo la amenaza de la llegada de un extraño monstruo de siete cabezas llamado crisis que ellos mismos, a sabiendas o no, habían convocado y que hicieron creer se podía zapear disfrazándose de otro reino que ni eran ni los lugareños tenían intención de ser. Pues bien, empezaron arramblando con tonterías, con cosas nimias y que paulatinamente fueron creciendo en importancia, engañaron a sus gentes cambiándoles toda su forma de manejarse con los dineros que se gastaban, incluyendo hasta la forma del mismo, para después pasar a arruinarlos diciendo que había que ayudar a un poderoso e incomprensible señor banco, venido a menos por sus desmanes, que les había prestado su propio dinero con usura, igual por equivocación. Después se atrevieron a algo mas, a decirles que por su bien había que modificar sus apreciadas leyes, pasaron a amenazarles con encerrarlos de por vida, a intimidarles con reducirles sus prestaciones sociales e incluso a escatimarles el alimento de sus familias cuando caían en desventura cosa que se repetía con mayor asiduidad cada vez. Todo ello sin siquiera preguntarles nada, sin consultarles lo que debían hacer, en buen uso de las normas básicas por las que estas buenas gentes les confiaban sus designios en principio cada cuatro años.

Pero no contentos con esto empezaron a pensar que se debían de perpetuar en sus fechorías y pasaron a decidir su propia sucesión, cambiando la democracia por la “dedocracia” ya que no serian los representados los que elegirían a sus representantes sino el propio representante que se largaba a una mejor vida, de retiro dorado con unas latifundistas rentas, el que designaba a su propio sucesor, según sus criterios y no el de los que eligieran los gobernados, tal y como debiera ocurrir según las Leyes del Reino. Se dieron varios ejemplos de esta sucesión “dedócrata” en diversas partes del reino, mientras al mismo tiempo crecía el descontento de las otrora alegres gentes que se veían sometidos a los caprichos de los señores que hoy les subían el diezmo, mañana les bajaban los salarios hasta hacer peligrar su propia alimentación y pasado les reducían incluso la posibilidad de enfermar ya que o no podían comprar los medicamentos o porque simplemente no podían acceder a un médico.

 

En ese reino empezaron los servidores del señor malvado a adoctrinar a los niños y mayores mediante el uso de una poderosísima arma que se conocía como televisión a lo que unieron las dificultades para poder acceder a la educación en condiciones dignas, coles con overbooking, cines carísimos, museos sin presupuesto… todo ello con la terrible idea de conseguir un manso rebaño a los mandos del malvado señor que empezó rápidamente a controlarlo todo.

 Todo ennegrecía, las gentes que antes vivían felices y risueñas empezaron a cambiar su sonrosada tez por una marchita, a cerrar sus negocios, a retirarse a sus casas y acostumbrarse a ser insultados cada momento incluso por cosas que no habían cometido, hasta que al final aceptaron la supresión de todo aquello que habían conseguido, aunque fuese por ilusión y espejismo del antiguo malvado señor al que sustituyó este, y se transformaron en meros rebaños de utensilios de producción…

 Esto fue así hasta que uno, uno solo de ellos se dio cuenta que vivían bajo un hechizo malvado y que ese hechizo era reversible, empezó a movilizar a sus pocos amigos, estos pasaron la voz de la esperanza a los pocos que a su vez tenían y cuando se dieron cuenta eran una multitud, una inmensa multitud contra la que los señores tétricos nada podían hacer y que se transformaron en una marea de color que barrió el gris que había teñido todo el paisaje del lejano reino… No fue fácil y puede que ahora no sea el mas próspero de los reinos ni que sea una potencia mundial pero sus habitantes volvieron a reír, a tener ilusión y a ser felices con lo poco que tenían…

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