Dicen que hay que ser humilde en la victoria y elegante en la derrota. Donald Trump ha decidido ser una tercera cosa: un señor que pierde unas elecciones y se pasa la noche escribiendo en mayúsculas que él ni estaba. Como cuando te chocan el coche en un aparcamiento y tú contestas que no eras tú, que ibas de copiloto.
Vamos por partes, que en España no tenemos midterms y conviene explicarlas. En Estados Unidos, a mitad de mandato, se renueva toda la Cámara de Representantes (435 escaños), un buen trozo del Senado y un montón de gobernadores. El presidente no se presenta, pero lo examinan igual. Es el examen sorpresa de mitad de curso, con la particularidad de que el profesor es un país entero y el alumno lleva dos años diciendo que va sobradísimo.
Resultado: los demócratas, según las proyecciones de ABC News, se llevan la Cámara. El Senado, mientras escribo esto, sigue sin decidirse, así que ni cantamos victoria ni entierro, que luego vienen los de la fe de erratas. Pero el mensaje es clarito: bolsillos vacíos, carrito de la compra por las nubes y un presidente con la popularidad por los suelos. Eso, en cualquier democracia del mundo, se llama aviso. En Washington, por lo visto, se llama «fake news».
Porque su reacción ha sido de manual: «No estaba en la papeleta y, si hubiera estado, habríamos ganado EN UN ALUD». Un alud, sí. Y qué casualidad: los aludes entierran gente, y de eso saben ahora unos cuantos republicanos. Pero ojo al truco, que es de los buenos: no estaba en la papeleta, pero estaba en todo lo demás. En los mítines, en los anuncios, en las gorras, en la factura del súper y hasta en el pensamiento de tu cuñado. Decir que no iba con él es como el árbitro que pita penalti en contra de su equipo y luego dice que él solo pasaba por allí. Y a sus compañeros de partido, que hoy andan mirando el móvil con cara de funeral, se les puede llamar flojos, pero también se les puede llamar gente que llevaba su nombre tatuado en la frente cuando llegó el chaparrón. América no se ha limitado a votar: le ha dicho «basta ya» con un volumen que se oye hasta en Calpe.
Y ahora viene lo mejor: el señor veto. Ya en octubre lo iba anunciando, «veto, veto, veto», como quien pide en un bar sin mirar la carta. Qué gran estrategia de gobierno: decir que no a todo y esperar que te supliquen. Pero conviene recordar que para tumbar un veto hacen falta dos tercios en ambas cámaras, así que lo que se avecina no es una era de acuerdos, sino un partido de tenis con la pelota más pesada del mundo. Gobernar a base de vetos es como cocinar solo con la palabra «no»: te quedas sin cena y el país sin presupuesto. Y lo más divertido es que él mismo había avisado de que sabía cómo iba a acabar esto. Qué previsor. Qué poco le ha servido.
Y de fondo, el telón más serio. Prometió que la guerra con Irán terminaría «inmediatamente después» de las elecciones, y la prensa estadounidense contaba justo lo contrario: que Washington e Israel podrían tener sobre la mesa nuevas operaciones pasadas las urnas. Aquí se acaba la chanza, porque hay gente de verdad jugándose la vida y las bromas, con eso, se quedan en la puerta. Lo único cierto es que se abre un escenario nuevo, con un presidente tocado, un Congreso que ya no le pertenece y una región que no entiende de calendarios electorales. Algo va a pasar, porque en esa zona siempre pasa algo.
Donald Trump y el arte de decir «yo pasaba por ahí» tras perder las elecciones»
Publicado: 4 noviembre, 2026 en actualité...0






