Los aztecas, que eran gente de costumbres firmes, ofrecían corazones humanos al sol para que siguiera saliendo. Luego Hollywood tomó el testigo y empezó a plantar vírgenes ante King Kong, que al menos tenía el decoro de ser un gorila y no un consejero de Hacienda. Lo bueno de aquellos sacrificios es que eran honestos: el que mandaba subía a la pirámide, señalaba a alguien y se quedaba tan ancho. Nadie hablaba de «corresponsabilidad» ni de «esfuerzo compartido».
Hoy el ritual ha mejorado en lo estético. No hay obsidiana ni tambores, hay rueda de prensa y atril. Y ni siquiera ha empezado la campaña electoral, que es cuando uno suele prometer la luna antes de ir a pedirte un riñón. No, no: ya vienen con el cuchillo en la mano y la palabra «sacrificios» en la boca, con esa cara de seminarista al que acaban de ascender.
Y lo mejor es quién lo pide. Gente que no ha vuelto a mirar un precio desde que descubrió que el cargo trae coche, chófer y dietas. Gente acostumbrada al lujo, a los áticos de Ayuso y otros desmanes, que de repente se ponen solemnes y te explican que hay que apretarse el cinturón. Oiga, el cinturón se lo aprieta quien lo lleva puesto, y muchos ya estamos usando el último agujero, el que hicimos con un clavo.
Porque sacrificios llevamos haciendo todos. El supermercado es un deporte de riesgo, el alquiler un acto de fe y la cesta de la compra un ejercicio de ficción. Si apretamos más, el próximo gesto de austeridad va a ser respirar en días alternos.
Y no es la primera vez que nos lo piden. Que algunos ya tenemos callo de aquella época que ahora quieren devolvernos con filtro nostálgico. Del austericidio nos acordamos todos: la sanidad con recortes y las listas de espera como deporte nacional, los profesores con más alumnos por aula y menos tiza, los funcionarios con la paga extra evaporada, la subida del IVA para que el sacrificio llegara hasta el último yogur. Y mientras tanto, un rescate a los bancos que, curiosamente, nunca nos devolvieron con intereses ni con una cestita de fruta.
Fue una década en la que aprendimos que «no hay alternativa» es la frase favorita de quien ya tiene la alternativa resuelta. Que la deuda se paga con el menú del día y no con el yate. Que el esfuerzo es colectivo, pero el reparto de la factura, curiosamente, no. Nos dijeron que era un mal trago temporal y salimos de él con salarios más flacos, contratos más frágiles y una generación entera haciendo las maletas con un currículum bajo el brazo.
Y ahora, con una sonrisa de catálogo, quieren reponer la serie. Con los mismos guionistas, además, y esperando que no nos acordemos del final. Pues sí que nos acordamos: el final lo pagamos nosotros, y con recargo.
Así que dejo la pregunta en el aire, como un corazón azteca todavía caliente: ¿es decente pedir más sacrificios a los que ya van con el agua al cuello, y no a los que tienen el dinero? Spoiler: es lo que se ha hecho siempre.
Sacrificios humanos, pero con IVA incluido Vuelve el austericidio
Publicado: 14 octubre, 2026 en actualité...0






