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Esto se acaba

Publicado: 19 octubre, 2026 en actualité...
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Abres el móvil por la mañana y parece que el Apocalipsis ha decidido hacer por fin su entrada triunfal, puntual como un tren italiano, o sea, con huelga. «Francia ha caído», leemos en Twitter con un dramatismo de ópera y con la misma autoridad con la que un fulano te explica la geopolítica mundial después de tres dobles en la barra del bar de la esquina. Pues resulta que varios de los vídeos del supuesto caos total en Francia están descontextualizados y son enlatados aunque otros como la quema del ayuntamiento de Limoges o las hogueras de la plaza del Duomo de Milán  son verdad y están llenos de simbolismo.  Vamos, que el fin del mundo nos lo venden reciclado. Hasta para derrumbarnos como civilización tenemos que pasar por el mercadillo, y encima sin derecho a devolución.
Eso sí, no nos confiemos, que los Cuatro Jinetes del Apocalipsis se han modernizado: Guerra, Hambre, Peste y Casero. Este último es el más temible, porque es el único que cobra por adelantado, te sube la renta sin que nadie se lo pida y llega siempre a tiempo a fin de mes.

Pero lo que es indiscutible es que algo gordo está pasando. Estamos hasta las narices de remar y no movernos del sitio. De ver como hagas lo que hagas nunca vas a salir del pozo y eso ya se nota en la calle. Algo gordo está pasando
En Madrid, la muerte de Maricarmen, dos semanas después de ser desahuciada, ha reavivado las protestas por la vivienda. Aquí no pienso hacer ninguna gracia, porque ella no se la merece y el asunto no admite ni media. Las collejas, si acaso, que se las lleven los que andan por ahí con corbata y coche oficial. Una mujer murió a las dos semanas de quedarse sin casa, y lo que a mí me sorprende es que a alguien todavía le extrañe que la gente se enfade. Salieron a protestar, claro, y tras más de dos semanas de acampada en la Puerta del Sol, la Comunidad de Madrid insiste en el desalojo. Es una maravilla: ya ni a dormir al raso se puede ir sin pedir permiso. Primero te quitan la casa y luego los Cayetanos enviados por los de siempre a los que no les importa nunca azuzar a la gente en dos bandos, como antes,  te piden que no estorbes en la acera. Solo falta que te cobren la fianza por montar la tienda de campaña y que te pidan aval y tres nóminas para plantar la lona.

Si miras a Francia, los chavales llevan en la calle desde finales de septiembre por la falta de personal y el mal estado de los centros. Y que nadie piense en caprichos de ricos: piden profesores que vayan a clase y que el techo no se les caiga encima (vaya eso lo hemos visto antes) Una reivindicación de un radicalismo que asusta, oigan. El Gobierno, rápido de reflejos, como siempre que toca echar balones fuera, ha sacado a pasear mucho a la porra sin ni siquiera preguntar que pasa y ha prometido un plan de respuesta para antes de que acabe el mes. Ya sabemos cómo acaban los planes de choque: chocando contra el primer cajón del ministerio y haciendo compañía a los informes de la década pasada. Ya se sabe que lo único que se desploma más rápido que la escayola de esos institutos es la credibilidad del político que promete arreglarla.
Por Italia, la cosa sigue su línea de siempre: entre paros de trenes, aviones y metros, hay huelgas de transporte repartidas por todo octubre, y para rematar el sainete el país entra en campaña por un posible adelanto electoral para mayor gloria de Meloni.

Esto se generaliza, en Albania  miles de personas protestan contra el Gobierno de Edi Rama por acusaciones de corrupción. En Alemania también andan buscando leña para encender hogueras… Europa entera anda al borde del estallido y puede que todos los casos tengan algo en común; El hartazgo mayúsculo del que rema sin parar pero no se mueve del sitio


Y aquí me la juego: creo que esto puede acabar con el capitalismo tal y como lo conocemos. Ya sé que me dirás que lo mismo se dijo en 2008 y que el sistema sigue ahí, vivito, coleando y cobrándonos la comisión de mantenimiento. Lo sé. Pero esta vez no se rompe la caja, se rompe el cuento. No porque nadie vaya a asaltar el Palacio de Invierno con una pancarta de Ikea, tampoco nos vengamos arriba, sino porque al invento se le ha roto la única bisagra que lo sostenía: la promesa de que, si eras formal, trabajabas duro y no hacías ruido, al final te tocaba algo. Una casita, un empleo digno, un colegio que no se inunde con cuatro gotas. El capitalismo era un contrato no escrito, y resulta que una de las partes lleva años saltándose las cláusulas mientras te sigue mandando el recibo cada mes. Y cuando el contrato se rompe, la gente deja de pagar la cuota del club y se marcha


Lo verdaderamente preocupante es quién se está quedando con el piso vacío. La extrema derecha ya está en el descansillo, frotándose las manos y repartiendo folletos. Cuando la gente está hasta la coronilla y nadie en el poder da respuestas, aparece el espabilado de turno con un altavoz, un titular de tres palabras y un culpable de bolsillo, casi siempre el vecino del quinto, que cobra menos que tú o que vino de fuera. Lo grave no es que vendan esa moto sin frenos, es que se la compramos. Y hay que tener un cuajo monumental para ver cómo gente que lleva treinta años viviendo del presupuesto público se presenta ahora como rebelde contra el sistema. Antisistema con nómina pública y trienios: mira que es difícil ser más del sistema, pero ahí los tienes, tan panchos.
¿Que qué nos queda por hacer? Pues lo que nos ha tocado siempre a los de abajo: contrastar antes de compartir el primer video que llegue por WhatsApp, enfadarnos con un poco de conocimiento de causa, ir a votar, salir a la calle sin liarla porque si rompes algo lo acabas pagando con impuestos y, si al final todo se va al carajo, que nos pille paseando en bicicleta al atardecer. Que al menos esas todavía no pagan impuesto de matriculación. Todavía.