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Me he levantado, me he puesto las zapatillas de andar por casa (las de siempre, las que ya tienen más kilómetros que un camión de mercancías) y me he preparado el café. El primero del día, caerán litros. Ese que sabe mejor cuando el mundo parece empeñado en demostrar que la especie humana tiene un máster en autodestrucción.
Abro el móvil y… ahí sigue. La guerra de Irán. O mejor dicho, la guerra del hombre panocho del pelo raro e Israel contra Irán. Empezó el 28 de febrero con bombardeos sorpresa. Llevamos mes y pico de misiles cruzando el cielo como si fueran fuegos artificiales caros, drones kamikaze, refinerías ardiendo, el estrecho de Ormuz cerrado a ratos y precios del petróleo que hacen que llenar el depósito sea casi un acto de fe. Miles de muertos, la mayoría civiles, porque al final siempre pagan los mismos. En Irán han liquidado al líder supremo Jamenei y a medio estado mayor. En Israel caen misiles con cabezas de racimo. En Líbano los bombardeos contra Hizbolá siguen como si el alto el fuego fuera solo una sugerencia. Y hoy, 10 de abril de 2026, tenemos un “alto el fuego de dos semanas” que nadie se cree del todo. Trump lo vende como la mayor victoria desde la invención del palo selfie, Irán lo celebra como si hubiera ganado la Champions… y mientras tanto la gente sigue muriendo en Beirut y en Teherán. Brillante.

Pero lo que realmente me atraganta el café no es solo la guerra convencional. Es ese detallito que casi nadie resalta en los telediarios: los misiles iraníes que han caído peligrosamente cerca del Monte del Templo en Jerusalén. Shrapnel salpicando el Muro de las Lamentaciones. Un impacto que rozó la Ciudad Vieja. No ha sido el golpe directo todavía, pero ha estado a unos cientos de metros. Y todos sabemos lo que significa ese sitio.

El Muro de las Lamentaciones es el lugar más sagrado para los judíos. Justo encima está la Explanada de las Mezquitas, tercer lugar santo del islam. Y para un montón de cristianos evangélicos radicales, es el decorado perfecto para el Tercer Templo y el gran estreno del Armagedón. Así que imaginaos la escena: un solo misil que se desvíe medio kilómetro (o un “accidente” de esos que luego nadie reclama) y pasamos de guerra regional a apocalipsis mundial con banda sonora de trompetas celestiales.
Madre mía, qué ingeniosos somos. Después de miles de años de civilización, seguimos jugando a ver quién hace explotar primero el sitio más delicado del planeta. Es como si hubiéramos construido una bomba de relojería y ahora nos peleáramos por ver quién tiene el honor de ser el que aprieta el botón.

Yo desde aquí, con mis zapatillas rotas y el café ya frío, solo puedo pensar en la gente normal. La madre iraní que perdió a su hija en un colegio alcanzado “por error”. El padre israelí que mete a sus niños en el refugio cada vez que suenan las sirenas -como soy un pardillo sigo pensando que alguien decente habrá por allí -. El libanés que ya no sabe si reconstruir la casa porque mañana puede volver a caer. Esa gente no quiere Armagedón. Ni siquiera quiere esta guerra. Solo quiere vivir en paz y que sus hijos lleguen a la edad de quejarse de los precios del pan.

Y mientras tanto, los de arriba firman altos el fuego de papel higiénico y siguen moviendo fichas en el tablero como si el mundo fuera un Risk gigante y ellos los jugadores inmortales.

No sé vosotros, pero yo estoy hasta las narices de que nos vendan el apocalipsis como si fuera inevitable. No lo es. Es una elección. Una elección estúpida, absurda y criminal.

Ojalá este alto el fuego aguante más de lo que duran las promesas electorales. Ojalá nadie apriete el botón sagrado. Ojalá un día nos despertemos y el mayor titular sea que por fin alguien ha decidido que la vida de la gente vale más que cualquier muro, cualquier templo o cualquier profecía de pacotilla.
Mientras tanto… yo sigo aquí  tomando café. Y rezando (a mi manera descreída) para que el Muro de las Lamentaciones siga siendo solo un muro donde la gente llora sus penas como la Zarzamora… y no el escenario donde el mundo entero se viene abajo por un error de puntería.

UNRWA, Sodoma y Gomorra

Publicado: 30 enero, 2024 en actualité...
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Cuentan en el Deuteronomio que Lot llegó a Sodoma y Gomorra, ciudades de mucho pecado y falta de hospitalidad, no mucho más que algunos cuchitriles que salpican la geografía española. Con la idea de intentar sembrar un poco el concierto y la paz. Nada, que no había manera, un buen día Yavhé le dijo a Lot que estaba un poco hasta el gorro y que si encontraba a 50 justos en la ciudad no la destruiría. Lot le regató lo que pudo y al final lo dejó en 10, sólo 10 justos en toda la ciudad harían que se salvasen todos. Perdón por el spolier, pero una lluvia de azufre y fuego cayó sobre Sodoma y Gomorra aniquilando para siempre tales antros de pecado. El resto, lo de las estatuas de sal y todo eso lo dejamos para otro día porque no viene mucho al caso.
Seguro que esta historia ya la conocías aunque sea por la película de 1962 con Stewart Granger – un clásico imprescindible -. Tal vez, hayas llegado a pensar que esa divinidad era un poco bestia, ¿no? Pues si te digo que es el mismo que el de “ojo por ojo diente por diente”, el diluvio, el ahogamiento de las tropas de faraón y algunas barbaridades más que sazonan el antiguo testamento o la Torá de los que están más afanados que nadie en perpetrar el primer genocidio, con todas las letras, retransmitido en directo para la tele de tu casa. Viendo cómo se las gasta Yavhé puede que nos resulte un poco más facil entender por qué siguen sin despeinarse en Israel a pesar de que se superan cada vez más en la salvajada, si su Dios es así de bruto, los fundamentalistas lo son más, aunque sea por reír le la gracia al «de allá arriba». Igual es por eso.
Pero bueno, no venía a cuento de esto lo de la parrafada bíblica. Resulta que unos cuantos países se han vuelto la competencia del dios del azufre y todo eso anunciando que retiran los fondos a la Agencia de las Naciones Unidas para la Población Refugiada, UNRWA, por el hecho de que algunos (algunos de entre las más de treinta mil personas que trabajan para la agencia) de sus trabajadores podrían ser miembros de Hamas. Ahora son unos pocos países pero seguro que cuando pase el interés informativo y no salgan por la tele serán muchos más, mira que está pasando en Ucrania. Si, es repulsivo que existan trabajadores de la UNRWA que se dediquen a justo lo contrario de lo que deberían hacer pero, perdonad si me transformo en Lot, ¿Cuantos pueden ser? ¿Un 5, un 10 por ciento – y ya serian muchos- ? ¿Y el resto?¿Y toda la población que está siendo masacrada y queda desamparada?
La verdad es que si te paras a pensar, hasta Yavhé hacía una oferta más razonable para indultar a Sodoma y Gomorra que la de los países que a la mínima excusa hacen «bomba de humo» y desaparen abandonando a su suerte a tantos seres humanos. Espero que pese sobre la conciencia – si es que la tienen- de cada uno de los gobiernos que usan la excusa burda de que algunos de los trabajadores de Naciones Unidas son terroristas para retirar los fondos y abandonar a tantos miles de personas las imágenes de los bombardeos y el exterminio de los civiles, llamame tonto pero igual el que no hace nada por impedir el genocidio acaba siendo cómplice más que nada porque la Convención para la prevención del Genocidio de 1948 dice en su artículo 2c algo como que genocidio es también el» Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial» y no creo que estemos en desacuerdo cuando digo que dejarlos sin fondos es imposibilitar la existencia de la vida.

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Cuentan que era el 13 de mayo de 1990 cuando Zvonimir Boban le dió un patadón a un policía en unos altercados antes del partido que debía disputarse entre el Dínamo de Zagreb y el Estrella roja se abrió la caja de los truenos. La imagen de ese “chut” se USSR_stamp_I.B.Tito_1982_6kconvirtió en el símbolo de la desintegración de un estado “inventado” con cinco nacionalidades enfrentadas, cuatro idiomas distintos, tres religiones, dos alfabetos…. Un galimatías que había estado sujeto, mano de hierro, por Josip Broz “Tito” y que acabaría sucumbiendo en una cruenta guerra en plena Europa. Dicen que la debacle empezó esa tarde aunque la verdad es que todo venía de atrás, muy atrás y esto no fue más que una gota en el vaso que ya andaba desbordado. A partir de esos días se desencadenaría la tormenta y empezarían a sucederse las imágenes y las noticias de una de las guerras más violentas que se recuerdan, fotos que nos llegaban todavía en los papeles y que sólo se diferenciaban del holocausto en que estas eran en color. Después ya vendrían los primeros bombardeos de la OTAN a las ordenes de Solana. No se porqué, puede que por juventud o por asuntos que no vienen al caso pero esas imágenes me marcaron, sentía algo que me obligaba a no estarme calladito, publiqué mi primer “trasto” y en eso andamos.
¿Que porqué cuento yo ahora esta parrafada? Pues resulta que la semana pasada, con todo el lio este que llevamos casi se nos pasa por alto que el Tribunal Penal Internacional Front_view_of_the_ICTYpara la antigua Yugoslavia, 24 años después, acabó su trabajo condenando a cadena perpetua al comandante de las fuerzas militares de la República serbia en Bosnia, Ratko Mladic por una retahila de crímenes contra la humanidad que dejaban a VladTepes como un verdadero aficionado. Verdaderas atrocidades como el genocidio de Srebrenica en el que mandó a la muerte a unos ocho mil musulmanes, hombres, mujeres y niños en una de las acciones más horrendas y más vergonzantes de la historia reciente de Europa. Pero ese sólo es un ejemplo de los horrores desencadenados por el “Carnicero de Srebrenica”.
Pero Mladic también fue condenado por otro tipo de crimen no menos asqueroso (y mira mladic.jpgque la colección es larga porque los humanos tenemos una querencia curiosa a masacrarnos entre nosotros). Un crimen que sorprendentemente no se incluyó como crimen contra la humanidad hasta 1993. Me refiero a las violaciones sistemáticas, masivas y organizadas como arma de guerra. Hasta entonces indeseables como Mladic no hubieran sido condenados por los miles de mujeres y niñas musulmanas que fueron violadas por los militares o paramilitares en Bosnia Herzegovina . Los salvajes que no entienden que hasta en la guerra hay normas y límites se creían impunes o con algún tipo de derecho sobre estas mujeres para abusar de ellas, para hacer de la guerra algo más atroz todavía si cabe.
El Derecho Internacional ha tardado mucho, muchísimo en reconocer la gravedad de la imagen.jpegmaldad que existe detrás de una política de agresiones sexuales asociadas a la guerra, una de las armas más antiguas de la humanidad, de las más dolorosas. La violación como acto de guerra es ofender al derrotado, es humillar a la víctima, es intentar acabar con la estirpe del contrario. Es un crimen tan execrable que no puede prescribir, un crimen que ha de perseguir al que lo comete hasta el fin de sus días y más allá porque no debemos olvidar lo que han hecho las bestias, por todas las generaciones, no vaya a ser que no nos acordemos un día.
Es viendo lo enorme cuando aprendemos, y ahora, gracias a las miles de valientes que nos han dado su testimonio cuando fueron violadas por el ejército serbio se ha conseguido que la violencia sexual en tiempos de guerra adquiriera el nivel de crimen de lesa photo_verybig_166314humanidad. Gracias a ellas podemos llegar a comprender con cierto consuelo, que aunque las imágenes del horror no se borren nunca de nuestras conciencias, el criminal no quedará impune. Con esa lección aprendida nos queda interiorizarla en nuestro día a día, nos queda darnos cuenta de que los crímenes como  las agresiónes sexuales no pueden ni deben quedar impunes, ni en lo grande ni en lo cotidiano porque la agredida sufre lo mismo en sus carnes. Y ahora ya sabes que no va a quedar sin castigo, ya nos encargaremos todos de ello o por lo menos eso espero.