Hoy, nada más encender la radio me encuentro con la última del Supremo. ¿No te has enterado? Pues prepárate un café o algo bastante más fuerte, porque hoy el Tribunal Supremo se ha levantado con ganas de darnos una lección magistral de lo que viene siendo la «eficiencia burocrática»… o el delirio institucional, según se mire.
Escuchaba hace un rato la reflexión de Aimar Bretos a cuenta de la última jugada del Alto Tribunal con la famosa «ley de nietos», y de verdad que es para ponerse a aplaudir de pie. O para llorar en el sofá, lo que te pida el cuerpo.
A ver si me he enterado bien, que uno es de pueblo y estas sutilezas del Derecho a veces se me escapan: resulta que una ley te reconoce la nacionalidad, te entregan tu flamante pasaporte español con su escudo dorado, te dicen «¡enhorabuena, ya eres español!»… pero el Supremo decide que, en lo de votar, mejor vamos a echar el freno de mano. Que para qué precipitarnos con minucias como la democracia.
Así que han mandado a los consulados a revisar la lista del censo uno por uno, con lupa, paciencia infinita y el ritmo trepidante que tanto caracteriza a nuestra administración.
El resultado es sencillamente brillante: miles de personas que ya son legalmente españolas se han quedado congeladas en un precioso limbo. Tienen deberes, tienen pasaporte, pero ¡ojo!, el derecho a voto se lo guardan en un cajón mientras comprueban si de verdad se lo merecen. Es como contratar la versión Premium de la ciudadanía española, pero descubriendo que el paquete básico de derechos venía en la letra pequeña. Españoles en versión demo. Españoles con asterisco.
¿Que el derecho al voto es el pilar fundamental de un Estado democrático? ¡Por favor, qué exageración! Dónde va a parar la emoción de no saber si hoy eres un ciudadano de pleno derecho o si tu capacidad política depende del auto judicial de un señor con toga que ha decidido ponerse estupendo a última hora.
Es maravilloso ver cómo se nos llena la boca hablando de seguridad jurídica e instituciones ejemplares mientras creamos, de un plumazo y con modales impecables, españoles de primera, de segunda y españoles «en sala de espera hasta nuevo aviso».
En fin, así estamos: disfrutando de una democracia de edición limitada.







