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A ver si me aclaro, porque el sainete que se montaron hace unas semanas en la sede de Naciones Unidas en Nueva York es para hacérselo mirar. Y lo mejor es que, con lo que ha pasado desde entonces, aquello empieza a parecer el tráiler de una película de la que aún no hemos visto lo peor.

Por un lado tienes a Mahmud Abás, teniendo que enviar otra vez un vídeo grabado desde casa como si fuera un influencer sin recursos, porque Estados Unidos le negó el visado y a Donald Trump le dio por hacer de portero de discoteca resabiado. Resulta que existe un acuerdo firmado en 1947 que obliga a Estados Unidos a dejar pasar a los diplomáticos extranjeros a la sede de la ONU. Pero ya sabemos cómo va esto: si no le caes simpático al dueño del garito, no pasas de la puerta y te quedas en la calle. Y así, el presidente palestino tuvo que denunciar la limpieza étnica de su pueblo a través de una pantalla.

Pero el plato fuerte vino con la entrada en escena de Benjamín Netanyahu. Ante su presencia, decenas de delegados prefirieron levantarse e ir a tomarse un café antes que tragar con la función de alguien que no estaba presente el día que repartieron la decencia. ¿La respuesta del primer ministro israelí? Soltar por el micrófono que si quedaba algún otro «cobarde moral» en la sala, ya tardaba en marcharse. De propina, presumió de que atacar Irán fue de las decisiones más fáciles que ha tomado en su vida. Hay que reconocerle el cuajo. Todo ello en la ciudad de un alcalde, Zohran Mamdani, que quiere verlo detenido, y al que por supuesto Netanyahu acusó de antisemita. Qué sorpresa.

Tiene su guasa, la verdad. Que un tipo bajo cuya gestión se han contado más de 73.700 muertos en Gaza, según el Ministerio de Sanidad gazatí —la inmensa mayoría civiles—, y que ha dejado un mapa de ruinas donde antes había casas, colegios y redes de agua, se ponga la toga de juez ético y reparta carnés de moralidad, roza el cinismo poético. Y eso sin olvidar que sigue con una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad, incluido el uso del hambre como método de guerra. Ah, y que el «alto el fuego» que arrancó en octubre del año pasado lleva ya más de 1.300 muertos. Será un alto el fuego de los de «alto» y «fuego» por separado.

Y aquí viene lo que lo explica todo: el discurso no iba dirigido a la sala, iba dirigido a casa. Israel vota el 27 de octubre, dentro de dos semanas, y Netanyahu llega con la campaña centrada en la seguridad, con el lema de que hay que derrocar al régimen iraní y acabar con Hezbolá y Hamás, y con nuevas revelaciones sobre supuestos avisos previos al 7 de octubre que no le hacen ningún favor. Las encuestas dicen que la cosa está reñida contra Gadi Eisenkot, y el Likud, que va justo de argumentos, se ha puesto a hacer campaña con vídeos hechos con inteligencia artificial. Cuando no puedes presumir de lo que has hecho, siempre te queda presumir de lo que dice una máquina que has hecho tú.

En fin. Supongo que cuando la impunidad se convierte en costumbre, terminar llamando «cobardes» a quienes se niegan a aplaudirte es solo el digestivo de la cena. Pero qué queréis que os diga: que un personaje así te llame «cobarde moral» es, probablemente, el mayor certificado de dignidad que te pueden colgar en la solapa. Y lo que decidan las urnas el 27 lo veremos, aunque a estas alturas ya he aprendido a no apostar nada por el sentido común.