Hoy no me sale ser feliz (y no me da la gana fingirlo)

Publicado: 10 octubre, 2026 en actualité...

—¿Qué tal?
—Bien.

Mentira cochina. El «bien» es el «igualmente» de las emociones: sale solo, sin pasar por el cerebro, como cuando el camarero te dice «que aproveche» y contestas «gracias, igualmente» aunque el tío vaya a cenar un bocadillo de pie en la barra o cuando te cruzas con el compañero ese que te tiene travesado, le dices «buenos días» porque » Anda y que te coma una camada de hienas» queda feo.
Vivimos en la dictadura de la felicidad con filtro. Abres Instagram y todo el mundo está en una playa de arena blanca, con un desayuno de revista, una sonrisa de dentífrico y un «agradecida por esta vida» que da ganas de agradecerle a su abogado que no la demande. Y tú, con la taza medio desconchada y el pijama desconjuntado del domingo un miércoles a las 5 de la mañana empiezas a sospechar que el defectuoso eres tú.

Spoiler: no lo eres. Es que nadie sube la foto de las cuatro de la tarde, plantado delante de la nevera abierta, sin hambre y sin ganas de nada. Esa foto no vende cursos de mentalidad ganadora.

Aquí estar triste es de mala educación. Si tienes un mal día, mejor que no se note, no sea que alguien tenga que dejar el móvil y preguntarte algo. La ansiedad es «ponerse nervioso». La depresión es «estar de bajón». Ir al psicólogo es «cosa de locos», dicho por el mismo que se zampa sin pudor pastillas para la tensión, para el colesterol, para la acidez y para la próstata, y lo cuenta en el bar como quien presume de coche nuevo.

Si te rompes una pierna, te llenan el yeso de firmas y te traen bombones. Si te rompes por dentro, te miran como si hubieras colado un bocadillo de chorizo en el cine. En la oficina se anuncia a bombo y platillo lo de tu operación de rodilla, pero lo de las pastillas para dormir y los ansiolíticos para vivir se guarda como un secreto de Estado. Faltaría más. Aquí lo que se lleva es sufrir en silencio, y a ser posible con una sonrisa y un «no me quejo».
Y luego llegan los consejos de guru(cuñado influencer , que son gratis y valen lo que cuestan:
«Lo que tienes que hacer es salir más.»
«Anímate, hombre.»
«Hay gente con problemas de verdad.»
«Piensa en positivo.»

Gracias, doctor Instagram, con ese diagnóstico ya me he curado. Nadie le dice a un diabético que piense en positivo para que le baje el azúcar. Pero con la cabeza, no sé por qué, todo el mundo es catedrático.

Corremos todos a ninguna parte. Hiperconectados con ochocientos contactos y sin nadie a quien llamar un martes a las once de la noche cuando te sientes desamparado y no encuentras un rincón para tirarte muerto. Vamos con prisa a todas partes, hasta para sentirnos mal: tenemos que superarlo rápido, que mañana hay reunión y la tristeza no cotiza.

Y lo peor de todo: sentirte incomprendido en tu propia casa. Estás en el sofá, a metro y medio de gente que te quiere, y es como vivir detrás de un cristal. Te ven, te hablan, te preguntan si has cenado… pero no te oyen. Acabas diciendo «estoy cansado, me subo a dormir» porque es más fácil que explicar lo que ni tú mismo entiendes. Esa soledad con compañía es la que más ruido hace, y no hay función de silenciar.
Llega el Día Mundial de la Salud Mental y ya me imagino el panorama: lazos verdes, frases bonitas, hashtags con lucecitas y alguna marca de colonia «concienciada». Un día. Uno. Los otros 364 seguimos con la sonrisa puesta, y el lunes todo vuelve a ser «no seas dramático».
Si de verdad queremos hacer algo, que sea esto: preguntar dos veces. Esperar a la segunda respuesta, que es la verdadera. Y guardarnos el «ánimo» y las frases de taza de desayuno para quien las pida.
Un día triste no es un fallo del sistema. Es de humanos. Y si llevas semanas sin remontar, pide ayuda igual que irías al médico por una muela: sin vergüenza, sin pedir perdón y sin esperar a que se te caiga el diente. No te fíes a los que te rodean, también tienen sus problemas o igual no son capaces de ver que estás en mitad del océano, a oscuras, y que un flotador no te vendría mal del todo.
Si hoy no te sale, no te sale. Ponte las zapatillas, que aquí nadie te pide que seas maravilloso.

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