Piensa por un momento que vas a un espectáculo de magia y de repente el ilusionista enciende todas las luces y te deja ver todos y cada uno de los trucos,
así, sin música ni artificios. Te sienta en una silla y te enseña como se hace eso de cortar a una persona en dos y juntarla después, o lo de tragar sables sin un poquito de salsa ni nada. Seguro que pensarías que la cosa pierde toda la gracia y que ese sujeto que se ha cargado toda la ilusión ni es mago ni es nada. Te sentirías tan estafado como si cuando eras crío hubiesen venido tus padres a soltarte, así, a pelo quién es el Ratoncito Pérez, tu que habías guardado el diente con toda la ilusión debajo de la almohada.
Si es que hay cosas que en pleno SXXI continúan funcionando igual que cuando vivíamos en las cavernas. Sólo se tienen en pie gracias al misterio,
por ese halo de magia que las rodea y las mantiene vivas a lo largo de los siglos. Me vienen a la cabeza dos cosas, una de ellas puede ser la religión, cualquiera de ellas. Repetimos símbolos, gestos, oraciones y costumbres que se pierden en la noche de los tiempos justo por eso, porque creemos en el efecto “sobrenatural” de algo que no entendemos. Imagina por un momento que apareciesen los huesos de alguien que se supone resucitó, acabaría todo, caería el misterio y con él todo lo demás.
Pues algo así nos puede estar ocurriendo en la otra de las cosas esas misteriosas que me venían a la cabeza. La monarquía, eso que se daba “Por
la gracia de Dios” y que parece que se nos caiga en pedazos, en parte porque parece que los señores de la corona estén asesorados por Robespierre, en parte porque si el poder en una democracia está el pueblo entonces hay cosas que no se entienden y en gran parte porque al final las cosas acaban cayendo por su propio peso y tarde o temprano aparecería el niño gritando aquello de “EL EMPERADOR ESTÁ DESNUDO”, ya tardaba, la verdad.
Si tienes un poco de memoria igual piensas como yo. La cosa empezó con “lo del elefante” que intentaron acabar con la disculpa un poco torpe de “lo siento mucho, no volverá a ocurrir”. Desde ese momento al Rey le cayó la
corona y empezamos a verlo como un señor que se accidentó en un viaje con una señora que no era la reina. Mal asunto. Intentaron arreglarlo con una abdicación Hara-Kiri y la coronación de un señor más joven, con más gancho pero que no acaba de encajar en un país que ha llegado a creen en la democracia y que alucinó ya en las primeras navidades con la escenografía
rococó en plena megacrisis económica en la que muchas familias no tenían ni para turrones. Después salió por la tele sin espíritu conciliador en el asunto de Cataluña o nos sale hablando del sexo de los ángeles cuando estamos luchando contra “el bicho”. No lo consiguen, no logran reenganchar con el misterio necesario para seguir adelante con una monarquía estable y la “real fuga” a Emiratos árabes de un anciano que aparece haciendo una barbacoa no ayuda a ello.
Quizá la gota que colme el vaso sea la de la llamada telefónica a Lesmes quejándose de que el ejecutivo no le había dejado acudir a Barcelona. Puede que el chivato del presidente del Consejo General del Poder Judicial
debiera haberse callado para no encender el bidón de gasolina. Pero el daño está hecho y la imagen del Rey de una monarquía parlamentaria desobedeciendo al ejecutivo en un estado democrático ha salido a la calle (sea por lo que sea). ¿Resultado? Nos ha llegado la visión de un monarca que llama para quejarse en plena rabieta porque no le dejan ir a algún sitio, como los niños del colegio. Una vez más parece que siguen sin entender las normas del juego de una estado democrático. Igual el gobierno no acertó al decirle que no podía ir a Barcelona pero con este show no gana nada la Zarzuela. Puede que en otras épocas hubiese quedado como una metedura de pata sin importancia pero estamos todos alterados por razones obvias y eso no ayuda. Será difícil de reencauzar la situación. Al final ¿Se desvelará el último misterio?¿Caerá ya el telón?
Si yo te salgo ahora diciendo que vivimos en un mundo de apariencias donde es más importante la forma con la que nos hacen tragar la píldora que la píldora en sí. Parece complicado pero todo se reduce a intentar distorsionar la realidad para que vivamos en el

mundo paralelo que nos han preparado, hay verdaderos expertos sueltos por ahí que se aprovechan del contexto que sufrimos. Supongo que ahora pensarás que me ha dado demasiado el Sol y he perdido el oremus (seguramente) pero ¿y si te digo que todo depende del color del envoltorio de la pastilla que nos hacen tragar? (ahora parezco Morfeo, el de Matrix). Si la envuelves de un vistoso papel de celofán en el que pone “Seguridad” o “Tranquilidad” nos la tomaremos sin rechistar pero
si va envuelta de papel de estraza y pone “Discriminación” o “Desigualdad” seguramente no nos la meteremos en el gaznate a no ser que nos obliguen a base de porras y palos. Supongo que a estas horas me dirás que si he tardado décadas en darme cuenta de eso es que estoy en Babia pero es que últimamente llevamos una temporada en la que ya ni se preocupan en disimular un poco eso de que nos intentan llevar como ganado y eso no suele llevar a otro destino más que al matadero.
Si te llenan de cámaras de vigilancia te sentirás vigilado, ¿Verdad? Pero si en cambio te digo que no son cámaras de vigilancia sino de seguridad la cosa cambia dado que nos
cuentan que estamos rodeados de gentes que sólo aspiran en esta vida a ocuparte la casa. Sujetos que están esperando a que bajes a comprar el pan para entrar en tu flamante cueva, que estarás pagando durante los próximos lustros, llamar al telepizza y hacerse fuertes en tu sofá de Ikea. Si es así ya no solo no te sientes vigilado sino seguro y estás dispuesto a pagar unos centenares de euros a una empresa extraña que se encargará de “hacerte sentir

seguro” en lugar de “vigilado”. ¿Parece muy distinto? Párate a pensarlo un poco. Puede que Harry Houdini acertase al decir aquello de “Lo que los ojos ven y los oídos oyen, la miente lo piensa” . Igual aprovechando nuestro miedo han conseguido que sólo veamos y oigamos una parte de la realidad que al final es la suya y es la que creemos a pies juntillas.
Si te dicen que llevamos la pandemia fatal y que esto va acabar poco menos que como la peste de la Edad Media porque los parches que se van
improvisando sobre la marcha no están funcionando en NINGUN lugar de la Comunidad de Madrid lo lógico es que estés dispuesto a hacer lo que sea, porque esto hemos de acabarlo entre todos. Hasta ahí normal. Pero cuando observas que parece que hayan confinado los barrios más populares, a pesar de que tengan menos incidencia que otros de más altas cunas, empiezas a pensar si no nos estarán vendiendo el clasismo y la segregación envuelto en celofán de colores que nosotros aceptaremos sin rechistar. Porque ya me dirás como es que unos pueden salir a SERVIR el té a los señoritos de la casa del barrio de Salamanca pero no pueden TOMAR café en el bar de la esquina del Puente de Vallecas.
No pretendo sumarme a la panda negacionista ni nada por el estilo pero es que con esta gente nunca se sabe, nos han acostumbrado a ver como no dan puntada sin hilo y al final
uno se vuelve malpensado. No se si esta vez pretenderán algo oscuro (supongo que no) pero resulta raro ver como el otro día, según algunos tertulianos y políticos, los Cayetanos defendían la libertad cuando salían con sus cacerolitas de acero astronáutico antiadherente a hacer como que gritaban y ahora braman encendidos por las teles y radios contra las protestas de los que ahora salen a la calle. ¿Curioso, verdad?
La verdad es que andaba dándole vueltas a eso de que sean las 7:39 y ya me hayan dicho más de una docena de veces que si no me compro una alarma de esas me van a ocupar la casa. ¿No estarán pensando
con eso en sembrar el miedo para crearnos una sensación de inseguridad y conseguir que una vez más comulguemos con ruedas de molino? Ya sabes, como la mafia que primero te destroza el local varias veces y después viene ofreciéndote “seguridad” que compras al precio que sea para que no lleguen de nuevo y te arrasen el tinglado.
Nada, como uno es malpensado por naturaleza se me había ocurrido que igual estarán preparando otra ola
de desahucios. Ya sabes, por eso de que hay que alimentar a los amigotes de los fondos buitre famosos y como lo de pagar la hipoteca anda un poco de aquella manera estos meses sobre todo después de que mucha gente lleva sin cobrar desde Marzo, la carnaza está servida. Nota a tener en cuenta: No se si te has fijado en que por la tele ya venden a grupos de vándalos extremistas amigos del “palo y tentetieso” como simpáticas “empresas” anti-okupas». ¿Estarán preparando el camino? Espero que no.
Resulta que le estaba dando vueltas a esos pensamientos perturbados cuando oí en la radio (siempre la tengo encendida) que Bankia y Caixabank se iban a casar. ¡Y yo sin enterarme! Sin que me envíen el tarjetón de la boda ni nada, yo que soy pagano de sus inauditas
comisiones hasta por decir buenos días, ya ves, ingratos.. Y sobre todo sin que se hayan parado a pensar que en casi toda España se van a duplicar oficinas, con lo que ya sabemos que significa, despidos a mansalva con lo que ello conlleva. Entonces se me encendió la luz con eso de mis pensamientos de loco de atar. Si, me parece que alguien está pensando en preparar el golpe final y «okupar» nuestras huchas de cerdito famélico. Aunque nos lo vendan como la operación del siglo que dotará de “músculo financiero” a la estructura bancaria y “bla, bla bla”. Párate a pensar ¿De verdad crees que el Estado, a través de BCA, mantiene guardadito en un cajón, desde hace ocho años, el 60% del accionariado de Bankia para hacer
de “gimnasio” y ciclar a Caixabank como culturista antes de un certamen? Igual alguien va a pensar que lo guardaban porque les apetecía tener que ir arrastrándose por Europa mendigando tropecientos miles de millones de euros para poder pagar pensiones, ERTEs y desastres varios teniendo secuestrados más 21.000 millones de euros (de los que sólo se han recuperado unos 3.000) en una pifia financiera que nos vendieron como rescate. Pero no, no es así, si no los han recuperado es porque no pueden. Nos sacaron el dinero que no teníamos, «okuparon» los dineros públicos y ahora nos hemos dado con la realidad, nadie quiere un banco español rescatado, con una rentabilidad lamentable en un país que atufa a podrido como la pescadería de Ordenalfabetix.
El Estado mantiene la participación de Bankia porque eso no lo quiere nadie. Párate a pensar, si fuera un negocio rentable se pegarían por medio mundo para comprar la participación pública pero, nada, ahí está
quietecito como una estatua de mármol de carrara, a pesar de que el viernes pasado las acciones llegaron a subir un 25% ¿vendieron para recuperar algo? Nada, paralizados como gatos de escayola. Me gustaría muchísimo equivocarme y que no sea alguna mente perversa a la que se le haya ocurrido aprovechar la deplorable situación de la Bankia rescatada para fusionarla con «el tuerto del país de los ciegos», CaixaBank, que no es que esté mucho mejor pero como es de capital privado coseguirán regalar el dinero que nos adeuda a los amigotes. Porque teniendo en cuenta que la participación gigantesca del Estado pasará a ser mínima con eso de la fusión se va a perder todo poder de decisión y ya podemos suponer lo que eso significa.
Personalmente me preocupa que se dispongan a crear con sonrisas y alegría un Frankenstein tan grande
como un tercio del PIB nacional que tendremos que rescatar en pocos años al precio que sea porque en esa entidad estarán metidos los pocos ahorros de la mayoría de las familias y será urgente «que aparezca la pasta» al precio que sea. Igual hemos de rescatar los restos del aedefesio justo cuando toque hacer frente a la deuda que estamos asumiendo para hacer frente a estos días de pandemia. Veremos como acaba esto.
Y en esto que acaba Agosto y con él el verano que no fue, como tantas cosas en este año terrible. Viene Septiembre, los días se acortarán, poco a poco irá cambiando la luz que borrará los pocos momentos de tranquilidad, sosiego y

Photo by David Bartus
alegría que recordaremos en estas jornadas de estío que van quedando atrás, en silencio, como abandonando sigilosamente la escena haciendo un mutis por el foro. Caerán las hojas y con ellas el ánimo de todos los que hicimos lo que nos pidieron por doloroso que nos resultase, todo por una esperanza que no parece cuajar. Todo parece envolverse en el espeso manto de desánimo que nos dibuja Camús en La Peste. Sin que nada parezca capaz de inyectarnos la esperanza que necesitamos, sin que aquellos en que confiamos sean capaces de acertar con algo que nos permita recuperar un reflejo de lo que fueron nuestras vidas que ahora añoramos a pesar de que antes nos llegaron a parecer tediosas.
Ahora estoy, como muchos, sentado en un banco del parque sumido en el tenso silencio que dejan los críos cuando ya se preparan para una vuelta al cole rara, muy rara sobre la que planea la sombra del desastre, unos dirán que por mala
planificación, otros que es inevitable. Se ha levantado el viento, hoy sopla de levante, lloverá pronto. Llega ya lejano el olor al mar que se ha alejado demasiado pronto este año avisando que como decía Sábato en “El Túnel”, vivir consiste en construir futuros recuerdos y eso este año no lo hemos hecho, creo que lo vamos a pagar caro. Me recuerda que el Invierno se acerca con sus días cortos y grises, con sus noches oscuras y frías y con ellos el golpe en los ánimos de los que llevamos ya demasiados meses sin poder vivir nuestras vidas y dando gracias, en mitad del miedo que se nos ha metido en el alma, por poder por lo menos tener una vida. Demasiados no lo podrán decir.
Nos siguen hablando de números, de economía, de cifras del paro, de desastre social. No se si alguien se les ha ocurrido pensar que todavía no nos han
transformado en robots y entendemos que la vida no se reduce a números. Igual nadie ha caído en un detalle, en todo este engranaje infernal en el que se ha transformado esta sociedad putrefacta hay una pieza clave que siempre queda olvidada a pesar de ser una de las más débil, Nosotros. Parece que nadie haya caído en que si no nos quedan ánimos ni fuerzas para levantarnos por la mañana no hay economía que valga.
Hay cosas que se quedan en un rinconcito del corazón, escondiditos, esperando el momento propicio para saltar y decirte “¿Te
acuerdas?”. Todos tenemos alguna o algunas. En mi caso puede que tres o cuatro. Se comportan como interruptores que tienen el poder de cambiar el estado de ánimos por completo, y si ya andamos algo tocados por lo de la pandemia y la vida que se empeña en ponerlo difícil, pues bueno, la tormenta está servida.
Hace un porrón de años la celebración del día del cumpleaños era una especie de fiesta mayor, cucañas, bikinis de nocilla, bocadillos… No éramos de posibles, nunca lo fuimos, pero siempre la
imaginación suplió el gasto y entonces las cosas no eran como ahora. La celebración solía durar todo un largo día de verano. Empezaba con la llegada de los primos al Mareny en autobús. Eso daba inicio al día que llevaba esperando desde hacía meses, era el cumpleaños y hoy podía olvidar el sabor agridulce del verano que se acaba y toca volver al cole. Porque en esta vida todo tiene un final, también aquellos veranos eternos en la que jugaba todo el día y la única preocupación era que la próxima ola no alcanzase el castillo de arena que construimos. Ahora que ya tengo canas se que lo alcanza, siempre lo alcanza, es inevitable.
Un año, tendría yo unos 8 o 9 años amaneció tormentoso. Una tormenta de esas que avanzaban el final del verano cuando el tiempo
era bastante más ordenadito y se encargaba de recordarte que el verano se acaba y va siendo hora de volver a la rutina gris de la ciudad. Pero lo de ese día fue una tormenta más fuerte de lo habitual, llovió, tronó y granizó durante todo el día y claro, no vino nadie. Ese día me quedé sin cumpleaños y con una tristeza inmensa al saber que no vendrían los niños, al ver que la tarta no sería lo mismo. Sentí por primera vez el extraño vacío de la decepción cuando ví que ese año no habría piñatas, ni juegos ni risas, sólo truenos y granizo.
Han pasado los años (demasiados, te aseguro que el contador de años también puede marcar “demasiados” aunque el DNI pueda decir lo contrario). Este año llegó la tormenta, lleva aquí desde el mes de
Marzo y esta vez tampoco vendrán los invitados, tampoco habrán juegos y risas y también me sentiré solo. Esta vez soy consciente de que algunos de los invitados no van a venir más y el vacío que me han dejado es inmenso e irremplazable ya nada podrá ser igual. Lo se, es por ello por lo que decido acabar la fiesta, apagar las luces y marcharme a casa, si es que puedo encontrar algo parecido a ello. A recoger los pedacitos, pegarlos con Superglue e intentar seguir adelante.
Hoy es imposible llenar el vacío insondable que queda en ese rinconcito de alma. Es el vacío de tantos cumpleaños perdidos que ya no van a volver este año en cada rincón de este mundo, en cada
familia. Son tantos los invitados que no vendrán a probar un trocito de la tarta que hacía la abuela, son tantas las llamadas telefónicas que no se recibirán y las voces que no escucharé… Esta vez me quedaré aquí sentado, viendo como las lágrimas de añoranza acaban con los restos del castillo de arena que construí demasiado cerca del mar. Con la vaga esperanza de que suene el timbre y llegue alguno de ellos dispuesto a probar ese pedacito de tarta que cocinó ayer la abuela con todo su cariño. No se cuando voy a poder rearmarlo. Nos veremos entonces, si quieres esperarme.
Tensando la cuerda
Publicado: 18 agosto, 2020 en actualité...Etiquetas:Covid, Desinformación, Miedo, Misterio, Prohibiciones
Corría el año 1789, en Francia, cuando una turba de gente desarrapada salía a la calle con los ojos inyectados en sangre hacia la Bastilla, estaban hasta las narices de los reyes y su vida de lujos cuando ellos no tenían ni
para vestirse. Un poco antes, allá por 1773, en las colonias británicas se hartaron de que en Gran Bretaña no hicieran más que pedirles cosas hasta que en Boston les dio por descargar el té al revés, por la parte del agua en lugar de en “el seco”. Más o menos lo mismito que en 1917 les ocurrió a los Zares cuando Lenin y compañía se acercaron para explicarles que no se podía vivir apretando y apretando a sus súbditos.
Todo esto (ya se que no lo he contado con ningún tipo de rigor histórico, mis disculpas) tiene algo en común, cuando un poder se dedica a apretar por el gusto de apretar a la masa, sin explicarse ni dar nada a cambio, esta acaba alterándose y
la cosa acaba mal. A los subordinados se les hinchan las narices, se dan cuenta de que tienen mucho que perder y al final la cabeza del poderoso acaba en una estaca. ¿Verdad?. Todo se reduce a un equilibrio entre exigencias y recompensas. Me explico, aquí nadie tenemos la obligación de sacrificarnos más de lo estrictamente necesario. Hay cosas que resultan obvias como que
mi sincerebrismo no debe causar perjuicio a los demás. Son cosas como ponerse la mascarilla, lavarse las manos y no andar estornudando a diestro y siniestro. Hasta ahí vale porque es fácil de entender que si no seguimos esas normas básicas no vamos a salir nunca de esta. Pero ¿hasta qué punto se puede ir apretando las tuercas imponiendo normas sin explicar la razón y sin que al final salte el muelle y acabe todo como el Rosario de la Aurora?
Igual es que a los gobernantes les está ocurriendo como a Maria Antonieta ya sabes, la de los pasteles (aunque la pobre, al parecer, nunca dijo algo parecido). Han desconectado tanto de la realidad que les rodea que hasta han olvidado que nuestra especie siempre se ha caracterizado p
or no ser un ejemplo de santidad y altruismo. Siempre que hacemos alguna cosa esperamos una recompensa (aunque la mayoría nos contentamos con una sonrisa y un gracias más o menos sincero) y si no recibimos nada llega un momento en la que nos pasa como a los burros y la zanahoria. Si, ellos también se cansan de perseguir la zanahoria. Por eso, de vez en cuando, se les deja alcanzarla.
En esto de la pandemia empiezo a notar cierto tufillo de estar hasta las narices de que cada vez aparezcan más normas a seguir que no siempre se explican claramente, lo que no hace más que alimentar a iluminados como Bosé con sus ideas rarunas y a los interesados en sembrar el miedo y la desinformación. Todo ello. Sin que veamos ningún tipo de avance ni beneficio hacia los que nos esforzamos por cumplir a rajatabla con lo que se nos dice. Más bien lo contrario.
Viendo como está el panorama en el que suben las cifras, la gente cada vez anda más susceptible y el inicio del cole a la vuelta de la esquina no se lo que puede ocurrir con las nuevas imposiciones que nos han llegado “para parar la pandemia”. El otro día sin ir más lejos nos sorprendieron con el cierre de los locales a partir de una hora determinada, como si el bicho sólo se propagase a partir
de una hora determinada. O la prohibición de fumar cuando no se pueda respetar la distancia mínima de dos metros. Vaya por delante de que jamás he fumado y a estas horas de la historia dudo muchísimo de que me enganche a ello porque de verdad que no soporto el olor a tabaco, lo siento. Pero así, sin Ley específica ni nada, sin que nadie se preocupe en hacernos entender los efectos beneficiosos de los nuevos sacrificios para parar al bicho puede que no se consiga más que hacer que los fumadores se sumen a la panda de los «bebedores de lejía» y así con todo porque no hay nada que haga crecer más el miedo y la superstición que lo que no se entiende. Vale, tampoco negaré que con estas medidas mejorará la salud de todos a medio plazo porque fumar es malo. Pero igual, por la misma lógica a la próxima se nos puede acabar lo de hablar a grito pelado, discutir o cantar en la ducha, porque al vociferar se expulsa más saliva y podría expandir más el virus. Veremos lo que tardamos en salir corriendo a la calle con antorchas y palos.
La última sacudida le despertó del sueño profundo en el que había caído después de que la señora esa, regordeta, con cara de estrella de cine entrada en años y que le acompañaba en el compartimento del vagón durante todo el viaje hubiese bajado en la última estación. Por fin había dejado de escuchar la cháchara vacía con la que le martilleaba el cerebro desde que salieron de la insulsa ciudad a la que habían ido a parar sus huesos durante los últimos años después de aceptar aquél trabajo, había sido un error pero, claro, eso se sabe con el tiempo. Ya habían sido tantos destinos que su espíritu errante y aventurero al principio, cansado y desencantado últimamente no conseguía recordarlos todos.
La señora se había empeñado en tomarle como algún tipo de espíritu confesor al que poder contarle sus sinsabores, seguramente porque la pobre no era más que una víctima más de esta sociedad contradictoria. Ya sabes, más conectados que nunca pero también seguramente solos y vacíos como jamás en la historia lo estuvo esta especie. Lo sabía, también había sentido la soledad acompañada durante los meses en los que no le dejaron salir de casa. Puede que fuese por ello o quizá se debiese a algún tipo de altruismo que salía de un corazón que creía de piedra, pero el caso es que sentía cierta ternura y compasión hacia esa señora. Le recordaba a la abuela que jamás conoció.
No podía sacarse de la cabeza la imagen de la anciana del vagón, muy moderna y pizpireta ella. Foto sonriente para Instagram, comentario risueño en WhatsApp pero al guardar el móvil en un colorido bolso, fue como si los suyos fuesen los únicos problemas que devastaban al mundo. Aquella adorable señora sentía una urgente necesidad de compartirlos, de vaciar la bolsa de los dolores que todos arrastramos en el transcurrir de nuestras vidas. Todo ello sin que le importase lo más mínimo el hecho de que quien le escuchaba puede que también huyese de un día a día arrasador que le había dejado en ruinas. Por fin había cesado la letanía y claro, había aprovechado para dar una cabezadita.
El día había sido agotador desde que recibió la llamada telefónica. Ya no sabía si el desayuno del hotel pertenecía a esa jornada o a la anterior. El cansancio era tal que no conseguía encontrar el resorte ese que le permitiera olvidar por un momento lo que quedaba atrás. Imposible encontrar la paz perseguida, demasiados muertos en el armario. Pero bueno, de todas formas, tampoco debería faltar demasiado para que el revisor ese tan amable pasase a avisar que su parada era la próxima, mejor empezar a recoger todos los bártulos que se encontraban esparcidos por todo el compartimento.
Apartó la cortinilla y vio pasar los últimos árboles del bosque que quedaba atrás, el tren corría rápidamente entre las viñas que ya mostraban sus racimos listos para ser vendimiados. Con un poco de suerte muchas familias esta temporada podrán esquivar la rudeza del invierno. Del paisaje parecía sentir el característico olor de las parras listas para ser recolectadas, un olor que le recordaba los tiempos felices en los que corría entre las mieses, riendo y jugando. El recuerdo de los veranos felices en los que los días pasaban lentos, plácidos y el verano no parecía acabar a pesar de que los dias acortaban y las primeras tormentas hacían presagiar que septiembre estaba cerca y todo volvería a la rutina gris de la ciudad.
El traqueteo del tren le devolvió a la realidad, nadie quedaba de entonces, los buenos tiempos parecían tan inalcanzables en algún rincón perdido en un cerebro demasiado acostumbrado a podar los sentimientos.
Al final, en el horizonte, empezaban a vislumbrarse las torres de la catedral. Estaban aproximándose, un viejo sueño se cumpliría pronto. El viaje llegaba a su destino y podría pasar la tarde ante lo que el tiempo pudiese haber respetado de aquella vieja sonrisa que recordaba con nostalgia.
El otro día bajé a la playa, llevaba mascarilla, gel de ese pringoso y todos los cachibaches propios de bajar un rato a la playa. Ya sabes, sobrilla, toalla, sillitas… vamos, “lo normal”. Como si nos fuésemos de expedición a recorrer
selvas buscando a Livingstone. Bueno, el caso es que cuando conseguimos un sitio a unos cuatro metros de las sombrillas vecinas empecé a montar el campamento para descubrir que cuando estaba abriendo la última silla ya tenía detrás, pegado al cogote una familia entera de esas de radiocassette y señora pringando vástagos con crema solar como quien unta nocilla en el bocadillo de los críos. Cuarenta grados a la sombra, arena, sol abrasador… más que la playa aquello parecía alguna escena de aquellas de Lawrence de Arabia pero concurrida, muy concurrida. Como todos los años, igualito. Supongo que las quejas por lo del turismo será en playas más glamourosas porque en las normalitas, de andar por casa, como esta no es que se note demasiado esto de la nueva normalidad para mayor espanto de nosotros, los aborígenes.
Noté que mi vecino me miraba raro, como si un marciano hubiese aterrizado a su lado. Al final, después de que se diese cuenta de que me había dado cuenta (más que nada porque no le había quitado el ruidito que hace el móvil al hacer una foto). Me gritó algo sobre que no me había quitado la mascarilla. Por lo visto
para ese señor aquello era intolerable el hecho de que ya apenas si noto que la llevo o no. Supongo que se habrá dado cuenta de que en la playa el “bicho” prefiere estar tostándose al sol en lugar de ir infectando. O puede que ocurra como cuando éramos criejos, jugábamos al “pilla-pilla”, nos subíamos a una silla gritando “CASAAAA” y no nos podían pillar. Así en todo, que si en la playa, que si en las terrazas, que si con los amiguetes… Demasiadas casillas-seguro se ven en este tablero de parchís, así nos van los números. Verás tu que risa cuando acabe el decorado de la campaña de verano.
Debe haber mucha gente como mi vecino de sombrilla porque a estas horas de la pandemia todavía está Eugenio, el policía del barrio, intentando meter en la cabeza a la gente que no se puede ir con la mascarilla de babero. Él es así, no le gusta demasiado multar porque dice que multas las justas, que no es cuestión de ir sembrando la fama de verdugo por el barrio porque después todo son quejas al ayuntamiento. A pesar de eso dice que a más de cuatro si les ha rellenado “la receta”, por descerebrados.
Aunque bien pensado igual lo verdaderamente descerebrado fue lo de apostarlo todo a la carta del turismo, nos ha salido rana. Pero es porque somos unos
tiquismiquis. ¿Qué podía salir mal en eso de atraer al gentío, acumularlo en escasos kilómetros cuadrados, ponerles música hasta que se descoyunten el esqueleto de tanto danzar y regarlo todo con sangría? Nada, ¿verdad?. Puede que alguna vez aprendan algo de Jacinto, el calafate, que un día nos sorprendió al contarnos que para arreglar una barca primero deberíamos taponar las vías de agua para que no se vaya a pique y después si eso ya pintamos de colores vivos para que quede bonita. Esto puede que sea igual. Primero intentemos que el bicho no nos cause más bajas y después ya salvaremos, si podemos, la economía. Porque algo es evidente. Si te paras a pensar, en los muertos no hay economía que valga.
Si te digo a estas alturas que este verano está resultando un poco raro seguramente dirás “Mira, el palurdo este acaba de descubrir América” así que mejor me ahorro el comentario. Pero en realidad es que no estamos en verano sino en una fase más en todo este thriller sanitario-emocional en el que vivimos. Primero fuimos incrédulos, después aplaudimos llenos de fe y esperanza en

nuestros sanitarios, empezamos a ver como algunos se erigían en justicieros de balcón y ahora, poco a poco, vamos entrando en una nueva fase, bastante peligrosa si nos dejamos ir. La fase del cabreo colectivo en la que todo el mundo empieza a sentir una mala uva generalizada ante todo y ante todos los que se empeñan en amargarnos los existencia (el resto de la humanidad). Lo que parece claro es que este verano será recordado durante muchos años y nuestros biznietos, cuando lo estudien en clase lo verán en el temario como “El verano de la mala uva”, a todo color, con letras en negrita.
Cuando empezamos así se suelen cometer tonterías propias de incluirse en el Guinness de los récords. Como lo del otro día, empezar a organizarse para burlar las mascarillas y acabar pidiendo el “Habeas corpus” (como quien decía «alohomora» para abrir la puerta) al guardia, armado

con la paciencia que heredó del santo Job, que procedía a extender la correspondiente “receta” a la interfecta. Deberíamos tomárnoslo en seria, más ahora que estamos viendo como no es que lo vayamos a tirar por la borda sino que ya hasta parece que hayamos hundido el barco. No se que haremos si nos vuelve a caer confinamiento pero no es que la economía no lo aguantaría (obvio) sino algo peor, la estabilidad emocional saltaría por la borda. Piénsalo, vivir en un país de pobres ya lo hacemos de hace mucho pero vivir en un país de locos… (bueno, eso también).
¿Qué cómo te salgo yo hablando de mala uva en plena canícula de julio? No se si te habrás dado cuenta de que estos día no hacemos más que ver quejas y
demandas. Que si demandas de los empresarios del “ocio nocturno”, que si la iglesia denuncia que se quedan sin fondos, que si queremos fiestas, que si nos arruinamos si nos cierran las fronteras y no vienen los turistas, que si la juventud está cerril, que si a ese le han hecho una PCR y a mí no, que si… (pon lo que quieras o no acabaremos jamás el post).
Al final todo se reduce a lo siempre, nadie está conforme con nada que le afecte demasiado tiempo a la cartera o a las costumbres y clamamos contra las decisiones de la autoridad que están hechas a mala leche y para amargarnos la
existencia a cada uno de nosotros, en singular, personificadas hasta el máximo nivel. ¿Qué profesionalidad a la hora de tocar las narices, verdad? Igual es que estamos hasta el gorro y no somos capaces de ver la realidad. Llevamos mal la epidemia y hemos vuelto a unos niveles de contagio de Marzo-Abril, algo habrá que hacer ¿no?. Piensa que la última vez nos encerraron ¿Y ahora porqué no? Por dos razones, fiamos nuestra economía al poco turismo que queda y porque si nos encerrasen ahora saldríamos con palos y antorchas camino de La Moncloa.
En el fondo queremos que vuelva la rutina, como sea, porque es lo que conocemos y somos animales de costumbres. Supongo que será eso, porque
mejor ni pensamos en tomarse esto como una palanca para reinventar el esquema y entender que tampoco es normal pasarse el año malmetiendo contra los “guiris” para después llorar porque este año no vendrán. Tenemos la oportunidad de relanzar el tejido industrial que ha sido maltratado durante tantos años y volver a arrancar de otra forma. Pero claro, parece más cómodo quemar, una vez más, en la plaza mayor a Simón (que paciencia tiene este hombre) que entender lo que nos dijo el otro día cuando soltó que “si no quieren venir los belgas, un problema que nos ahorramos”.
Si no somos capaces de asimilar que a estas horas ya no podemos aguantar el país a base de vender cartones de sangría y garrafas de “agua de valencia” igual es que algo no
está bien construido. Y eso no tiene nada que ver con la pandemia esta que parece habernos hecho olvidar que antes del coronavirus también teníamos problemas como para parar un tren. Igual ya ni recuerdas que los maltratadores siguen asesinando a nuestras compañeras, que existen más enfermedades además de esta, que la corruptela campa por sus anchas o que llegar a final de mes con la prole continúa siendo un remake de «Misión imposible»… Pero no me hagas caso que este cerebro mío no funciona con temperaturas elevadas y ahora debe hacer como 80 grados en esta choza.
Dicen que es una suerte eso de vivir cerca de la playa. Te confieso que a veces sí y a veces no, este año por ejemplo sin ir más lejos. Siempre ha resultado un tanto atractivo ver como los turistas aparecían marcando el buen tiempo, como las golondrinas. Era esperar a que los días se fuesen haciendo más y más largos
para que empezasen a aparecer caras que puede recordase vagamente de otros veranos. Empezaban a llegar en semana santa, tímidos, “a pasar el día”, comían y se marchaban para casa, eran la avanzadilla. Poco a poco, allá por San Juan empezábamos a ver como eso de aparcar se ponía un tanto más dificilillo y el paseo marítimo se llenaba de vida, esa vida que permanecía oculta dentro de los bares con terraza en forma de mesas y sillas amontonadas esperando los días de sol. Todo seguía su curso, en cuestión de días se llenaría todo hasta los topes, el bullicio sería inevitable pero también que la invasión es transitoria. Llegarán las lluvias de septiembre y con ellas volverán a sus casas las hordas invasoras y hasta el año próximo. Así año tras año, lustro tras lustro desde que a alguien se le ocurrió eso del turismo y el veraneo.
Este año te confieso que confiaba en que sería distinto, tenía que serlo visto el escenario que tenemos liado, pensaba que nos quedaríamos solos y que no
veríamos llegar las bandadas de gentes de la ciudad, sombrilla y neverita en mano dispuestos a tomar posesión de un pedacito de la escasa playa que nos quedó después de la última DANA. Pensaba que el paseo marítimo quedaría medio desierto porque claro, los pocos que llegasen a comer pipas en el malecón verían que no se puede porque las obras de reconstrucción todavía están muy atrasadas y pasear el garbo por allí resulta imposible a no ser que te apetezca participar en una gymkana sorteando excavadoras y zanjas. Ya me decía mi amigo que me quedaría con las ganas, que esta especie no escarmienta y que viviríamos un veranito terrorífico. Tenía razón, como siempre.
A estas horas el bullicio se ha apoderado de las calles tranquilas como por arte de magia. Ya sabes, como si hubiese pasado el príncipe, le hubiese dado un beso
a la durmiente de turno y todo hubiera vuelto a la vida. De hecho me tienes escribiendo esto con los ojos hinchados oyendo una musiquilla de esas que vienen del chiringuito, como todos los años. Pero esta vez la vida era distinta, me di cuenta de que sólo los aborígenes llevamos mascarillas. “Estos traen al bicho” fue la única palabra que salió de la boca de la panadera cuando pasé a recoger la barra habitual que me tiene guardada en una bolsita de esas de tela que ya era de mi abuela.
Nosotros, los que hemos sobrevivido a los tiempos duros de hace unos meses, los que vimos a la ambulancia llegar en silencio y llevarse a alguien que
conocíamos para no volverlo a ver parece que seamos los únicos que entendemos que aunque todo se vista de verano y de color la amenaza continua. Igual somos unos neuróticos, el invierno nos ha vuelto así pero por lo visto los turistas son inmunes a ella. Deben serlo visto como se hacinan en la playa, debajo de las sombrillas. Deben sentirse a salvo al ver como toman tapas, como mueven el esqueleto en la discoteca local…
Creerán que nada va con ellos cuando estos días estamos viviendo rebrotes, vamos perdiendo lo poco que conseguimos con tantos días de encierro, con
tantos llantos silenciados y con tanto esfuerzo en los hospitales. Parece que no va con ellos cuando les dicen que nada ha acabado, que sólo pedimos prudencia. Parece que no entiendan que muchos han llegado a pensar que, quizá, fuese mejor que se quedasen este año en sus ciudades hasta que hubiese pasado todo de verdad, no cuando han decidido que saliésemos porque “había que reflotar la economía”. Quizá se equivocaron, puede, pero no olvides que la prudencia la has de poner tú, es cosa tuya y de nadie más. Piensa que, vale, estás de vacaciones pero este año las vacaciones no son lo mismo nada lo ha sido. Si fuiste prudente estos meses no lo vayas a desperdiciar ahora que empezábamos a ver la luz. Si quieres ven, la playa también es tuya, pero respétate y respétanos a todos, por favor, se prudente. Paremos la recaída.







