Corría el año 1789, en Francia, cuando una turba de gente desarrapada salía a la calle con los ojos inyectados en sangre hacia la Bastilla, estaban hasta las narices de los reyes y su vida de lujos cuando ellos no tenían ni
para vestirse. Un poco antes, allá por 1773, en las colonias británicas se hartaron de que en Gran Bretaña no hicieran más que pedirles cosas hasta que en Boston les dio por descargar el té al revés, por la parte del agua en lugar de en “el seco”. Más o menos lo mismito que en 1917 les ocurrió a los Zares cuando Lenin y compañía se acercaron para explicarles que no se podía vivir apretando y apretando a sus súbditos.
Todo esto (ya se que no lo he contado con ningún tipo de rigor histórico, mis disculpas) tiene algo en común, cuando un poder se dedica a apretar por el gusto de apretar a la masa, sin explicarse ni dar nada a cambio, esta acaba alterándose y
la cosa acaba mal. A los subordinados se les hinchan las narices, se dan cuenta de que tienen mucho que perder y al final la cabeza del poderoso acaba en una estaca. ¿Verdad?. Todo se reduce a un equilibrio entre exigencias y recompensas. Me explico, aquí nadie tenemos la obligación de sacrificarnos más de lo estrictamente necesario. Hay cosas que resultan obvias como que
mi sincerebrismo no debe causar perjuicio a los demás. Son cosas como ponerse la mascarilla, lavarse las manos y no andar estornudando a diestro y siniestro. Hasta ahí vale porque es fácil de entender que si no seguimos esas normas básicas no vamos a salir nunca de esta. Pero ¿hasta qué punto se puede ir apretando las tuercas imponiendo normas sin explicar la razón y sin que al final salte el muelle y acabe todo como el Rosario de la Aurora?
Igual es que a los gobernantes les está ocurriendo como a Maria Antonieta ya sabes, la de los pasteles (aunque la pobre, al parecer, nunca dijo algo parecido). Han desconectado tanto de la realidad que les rodea que hasta han olvidado que nuestra especie siempre se ha caracterizado p
or no ser un ejemplo de santidad y altruismo. Siempre que hacemos alguna cosa esperamos una recompensa (aunque la mayoría nos contentamos con una sonrisa y un gracias más o menos sincero) y si no recibimos nada llega un momento en la que nos pasa como a los burros y la zanahoria. Si, ellos también se cansan de perseguir la zanahoria. Por eso, de vez en cuando, se les deja alcanzarla.
En esto de la pandemia empiezo a notar cierto tufillo de estar hasta las narices de que cada vez aparezcan más normas a seguir que no siempre se explican claramente, lo que no hace más que alimentar a iluminados como Bosé con sus ideas rarunas y a los interesados en sembrar el miedo y la desinformación. Todo ello. Sin que veamos ningún tipo de avance ni beneficio hacia los que nos esforzamos por cumplir a rajatabla con lo que se nos dice. Más bien lo contrario.
Viendo como está el panorama en el que suben las cifras, la gente cada vez anda más susceptible y el inicio del cole a la vuelta de la esquina no se lo que puede ocurrir con las nuevas imposiciones que nos han llegado “para parar la pandemia”. El otro día sin ir más lejos nos sorprendieron con el cierre de los locales a partir de una hora determinada, como si el bicho sólo se propagase a partir
de una hora determinada. O la prohibición de fumar cuando no se pueda respetar la distancia mínima de dos metros. Vaya por delante de que jamás he fumado y a estas horas de la historia dudo muchísimo de que me enganche a ello porque de verdad que no soporto el olor a tabaco, lo siento. Pero así, sin Ley específica ni nada, sin que nadie se preocupe en hacernos entender los efectos beneficiosos de los nuevos sacrificios para parar al bicho puede que no se consiga más que hacer que los fumadores se sumen a la panda de los «bebedores de lejía» y así con todo porque no hay nada que haga crecer más el miedo y la superstición que lo que no se entiende. Vale, tampoco negaré que con estas medidas mejorará la salud de todos a medio plazo porque fumar es malo. Pero igual, por la misma lógica a la próxima se nos puede acabar lo de hablar a grito pelado, discutir o cantar en la ducha, porque al vociferar se expulsa más saliva y podría expandir más el virus. Veremos lo que tardamos en salir corriendo a la calle con antorchas y palos.








selvas buscando a Livingstone. Bueno, el caso es que cuando conseguimos un sitio a unos cuatro metros de las sombrillas vecinas empecé a montar el campamento para descubrir que cuando estaba abriendo la última silla ya tenía detrás, pegado al cogote una familia entera de esas de radiocassette y señora pringando vástagos con crema solar como quien unta nocilla en el bocadillo de los críos. Cuarenta grados a la sombra, arena, sol abrasador… más que la playa aquello parecía alguna escena de aquellas de Lawrence de Arabia pero concurrida, muy concurrida. Como todos los años, igualito. Supongo que las quejas por lo del turismo será en playas más glamourosas porque en las normalitas, de andar por casa, como esta no es que se note demasiado esto de la nueva normalidad para mayor espanto de nosotros, los aborígenes.
para ese señor aquello era intolerable el hecho de que ya apenas si noto que la llevo o no. Supongo que se habrá dado cuenta de que en la playa el “bicho” prefiere estar tostándose al sol en lugar de ir infectando. O puede que ocurra como cuando éramos criejos, jugábamos al “pilla-pilla”, nos subíamos a una silla gritando “CASAAAA” y no nos podían pillar. Así en todo, que si en la playa, que si en las terrazas, que si con los amiguetes… Demasiadas casillas-seguro se ven en este tablero de parchís, así nos van los números. Verás tu que risa cuando acabe el decorado de la campaña de verano.
tiquismiquis. ¿Qué podía salir mal en eso de atraer al gentío, acumularlo en escasos kilómetros cuadrados, ponerles música hasta que se descoyunten el esqueleto de tanto danzar y regarlo todo con sangría? Nada, ¿verdad?. Puede que alguna vez aprendan algo de Jacinto, el calafate, que un día nos sorprendió al contarnos que para arreglar una barca primero deberíamos taponar las vías de agua para que no se vaya a pique y después si eso ya pintamos de colores vivos para que quede bonita. Esto puede que sea igual. Primero intentemos que el bicho no nos cause más bajas y después ya salvaremos, si podemos, la economía. Porque algo es evidente. Si te paras a pensar, en los muertos no hay economía que valga.

demandas. Que si demandas de los empresarios del “ocio nocturno”, que si la iglesia denuncia que se quedan sin fondos, que si queremos fiestas, que si nos arruinamos si nos cierran las fronteras y no vienen los turistas, que si la juventud está cerril, que si a ese le han hecho una PCR y a mí no, que si… (pon lo que quieras o no acabaremos jamás el post).
existencia a cada uno de nosotros, en singular, personificadas hasta el máximo nivel. ¿Qué profesionalidad a la hora de tocar las narices, verdad? Igual es que estamos hasta el gorro y no somos capaces de ver la realidad. Llevamos mal la epidemia y hemos vuelto a unos niveles de contagio de Marzo-Abril, algo habrá que hacer ¿no?. Piensa que la última vez nos encerraron ¿Y ahora porqué no? Por dos razones, fiamos nuestra economía al poco turismo que queda y porque si nos encerrasen ahora saldríamos con palos y antorchas camino de La Moncloa.
mejor ni pensamos en tomarse esto como una palanca para reinventar el esquema y entender que tampoco es normal pasarse el año malmetiendo contra los “guiris” para después llorar porque este año no vendrán. Tenemos la oportunidad de relanzar el tejido industrial que ha sido maltratado durante tantos años y volver a arrancar de otra forma. Pero claro, parece más cómodo quemar, una vez más, en la plaza mayor a Simón (que paciencia tiene este hombre) que entender lo que nos dijo el otro día cuando soltó que “si no quieren venir los belgas, un problema que nos ahorramos”.
está bien construido. Y eso no tiene nada que ver con la pandemia esta que parece habernos hecho olvidar que antes del coronavirus también teníamos problemas como para parar un tren. Igual ya ni recuerdas que los maltratadores siguen asesinando a nuestras compañeras, que existen más enfermedades además de esta, que la corruptela campa por sus anchas o que llegar a final de mes con la prole continúa siendo un remake de «Misión imposible»… Pero no me hagas caso que este cerebro mío no funciona con temperaturas elevadas y ahora debe hacer como 80 grados en esta choza.
para que empezasen a aparecer caras que puede recordase vagamente de otros veranos. Empezaban a llegar en semana santa, tímidos, “a pasar el día”, comían y se marchaban para casa, eran la avanzadilla. Poco a poco, allá por San Juan empezábamos a ver como eso de aparcar se ponía un tanto más dificilillo y el paseo marítimo se llenaba de vida, esa vida que permanecía oculta dentro de los bares con terraza en forma de mesas y sillas amontonadas esperando los días de sol. Todo seguía su curso, en cuestión de días se llenaría todo hasta los topes, el bullicio sería inevitable pero también que la invasión es transitoria. Llegarán las lluvias de septiembre y con ellas volverán a sus casas las hordas invasoras y hasta el año próximo. Así año tras año, lustro tras lustro desde que a alguien se le ocurrió eso del turismo y el veraneo.
veríamos llegar las bandadas de gentes de la ciudad, sombrilla y neverita en mano dispuestos a tomar posesión de un pedacito de la escasa playa que nos quedó después de la última DANA. Pensaba que el paseo marítimo quedaría medio desierto porque claro, los pocos que llegasen a comer pipas en el malecón verían que no se puede porque las obras de reconstrucción todavía están muy atrasadas y pasear el garbo por allí resulta imposible a no ser que te apetezca participar en una gymkana sorteando excavadoras y zanjas. Ya me decía mi amigo que me quedaría con las ganas, que esta especie no escarmienta y que viviríamos un veranito terrorífico. Tenía razón, como siempre.
a la durmiente de turno y todo hubiera vuelto a la vida. De hecho me tienes escribiendo esto con los ojos hinchados oyendo una musiquilla de esas que vienen del chiringuito, como todos los años. Pero esta vez la vida era distinta, me di cuenta de que sólo los aborígenes llevamos mascarillas. “Estos traen al bicho” fue la única palabra que salió de la boca de la panadera cuando pasé a recoger la barra habitual que me tiene guardada en una bolsita de esas de tela que ya era de mi abuela.
conocíamos para no volverlo a ver parece que seamos los únicos que entendemos que aunque todo se vista de verano y de color la amenaza continua. Igual somos unos neuróticos, el invierno nos ha vuelto así pero por lo visto los turistas son inmunes a ella. Deben serlo visto como se hacinan en la playa, debajo de las sombrillas. Deben sentirse a salvo al ver como toman tapas, como mueven el esqueleto en la discoteca local…
tantos llantos silenciados y con tanto esfuerzo en los hospitales. Parece que no va con ellos cuando les dicen que nada ha acabado, que sólo pedimos prudencia. Parece que no entiendan que muchos han llegado a pensar que, quizá, fuese mejor que se quedasen este año en sus ciudades hasta que hubiese pasado todo de verdad, no cuando han decidido que saliésemos porque “había que reflotar la economía”.
a vivir en la tierra de Jauja? Será que no se han dado cuenta de la magnitud del desastre que ha caído como un obús a los que ya andaban justillos (todos nosotros, no vayamos a pensar). Aunque bien pensado, sobre el papel y haciendo circular a la tan sufrida estadística puede que nos pase como a Groucho Marx y hacemos caso a nuestros ojos y no a lo que nos dicen porque el caso es que el número de ricos subió mucho en España en 2019, antes de que algunos se lo gastasen todo en papel higiénico y levadura para hacer panes.
casa. Estamos nada más y nada menos que en un nada desdeñable número 14 del ranking mundial, tenemos más millonarios que Rusia y en cambio los pobres son más pobres y las colas a pleno sol en los economatos no acaban nunca, algo no funciona. Los nuevos potentados no han salido del Euromillones, son personas que no fueron afectadas por la crisis de antes y que han podido aumentar su fortuna hasta niveles que el resto de los mortales ni soñamos. Lo han conseguido a pesar de que algunos de los que ya
estaban en el club se hayan empeñado en quedárselo todo. Por lo visto eso de tener dinero viene a ser algo así como lo de Gollum con el Anillo. Pues que bien, ¿no? En teoría vivimos en un país opulento donde estamos a punto de empedrar las calles con oro puro y en cambio cada vez existe más y más gente que no puede sacar adelante su propia vida, bueno, me dirás qué es lo de siempre y que ocurre desde que el mundo es mundo, pero viendo las circunstancias en las que estamos y a donde nos llevan, deberíamos tomarnos en serio lo de una sociedad solidaria.
después de todo este maremágnum del COVID. Pero parece ser que ha surgido una nueva especie en esto de la supervivencia. En mitad la tragedia nos encontramos a gente joven que con pocos años que ya empiezan a tirar la toalla y renuncian hasta a un proyecto de futuro. Son los que el Finantial Times, bautiza como The Recessionals. Son vidas truncadas que empezaron mal, les llamábamos milenials, eran aquellos que se quedaron fuera, esperando una
oportunidad que nunca llegó cuando a la crisis del 2008. Los mismos que ahora que empezaban a recomponerse y se han dado de cabeza con la pandemia y el desastre que los ha dejado de nuevo en la calle. Son una generación de supervivientes que han vivido dos recesiones históricas y que van a tener que pagar dos facturas para seguir adelante con un mercado laboral destrozado del que poco se puede sacar y una perspectiva de futuro que les borra toda idea de jubilación.
mujeres que siguen pagando con menos salario y más violencia por el hecho de serlo. Los pobres que se han vuelto invisibles en esta sociedad que no ha aprendido nada. Los mayores que han visto como el sistema gestionado por sus propios nietos les daba la espalda y los condenaba a muerte y los jóvenes, esos que no van a ver arruinada su vida porque, simplemente, se les han arrebatado sus sueños antes incluso de que empezaran a construirlos. Vamos a tenerlo difícil porque si te paras a pensar, nuestro gobierno (ya sabes, ese que se autodeclara el más social de todos los habidos) no acaba de hacer arrancar las ayudas a los más necesitados, las demora con plazos y condiciones -como si no hiciese falta comer todos los días- y no consigue dar abasto con tantos frentes abiertos y tan poca ayuda de la oposición destructiva esta que padecemos que no es capaz de ofrecer ni una sola iniciativa positiva en todo este galimatías. Si algo sacaremos de todo esto es que nuestra clase política debiera exiliarse a una isla desierta.
programa de ayudas que no sea una nueva trampa para arruinarnos más todavía a base de contraprestaciones y recortes. ¿Qué porqué digo esto? Me explico; Estados unidos ha comprado toda la producción de los próximos tres meses de Rendesivir demostrando que aquello del América First incluía un “me importa un bledo el resto del mundo” dejando muy claro hacia donde vamos y que si no se pone remedio con más control Internacional, cuando hablemos de vacunas y tratamientos del COVID aquello que vivimos al principio de la pandemia, cuando arrasábamos el Súper, va a quedarse en un juego de niños.
libre de la prensa hidráulica de esa que te incrusta las ideas del grupo mediático de turno hasta que llegas a creer que son las tuyas propias, mi radio hecha humo todo el día y eso es peligroso en estas fechas porque si aparece “la canción del verano” la hecatombe neuronal está servida, menos mal que gracias a este verano peculiar parece que saldremos indemnes de ello. Pero a pesar de no ver demasiado la tele he caído en la cuenta de algo un tanto extraño, seguro que tú también te has percatado de que los anuncios de un tiempo a esta parte están
volviendo a ser lo que eran, ya sabes, coches, compra esto compra aquello y entre una cosa y otra, unos señores que venden alarmas empeñados en volverte esquizofrénico paranoide perdido. Parece que todo vuelva a ser lo que era y teniendo en cuenta que los publicistas son personas muy inteligentes que nunca hacen las cosas porque si, algo está pasando cuando vuelven a vendernos eso de la libertad, los espacios abiertos, el comprar y comprar en esta sociedad en la que todo es objeto de trapicheo, en la que dicen que compres aquello porque te hará más feliz, lo de siempre, como si nada hubiese pasado ya.
necesitamos”. Bueno, lo dicho, ahora nos ofrecen envuelto en papel de celofán y con un lacito un producto nuevo, la normalidad. Lo hacen porque saben que somos animales de costumbres y necesitamos creer en que volverá aquello que conocemos, aunque en el fondo sepamos que nada será igual. Pero nuestra cordura anda ansiosa por creer en ello, de eso se valdrán los señores del anuncio. Están para ello, para vender y ahora que andamos en horas bajas y somos un poquitín más débiles se lanzarán como buitres a por nosotros, a llevarse los restos del naufragio.
ruinas mientras continuamos recibiendo como respuestas a nuestras necesidades mentiras y promesas vacías una vez más. Nos hemos llevado el tortazo del siglo al descubrir que todo aquello en lo que creemos puede caer en cualquier momento. Nos hemos quedado llenos de cicatrices tan profundas como grietas de glaciar y con una mascarilla que nos acompaña a todas partes para recordarnos que esto no fue una pesadilla, que un virus nos separó de todos, en algunos casos para siempre.
a intentar que todo vuelva a la normalidad, a la de antes, al gasto y todo eso. Pero no podemos permitirnos el lujo de olvidar las vidas que se han destruido y el desastre que nos ha quedado por culpa del fracaso de un sistema que ha dejado de lado a los más vulnerables y sobre todo a nuestros mayores. Por tanto más vale no olvidar que ocurrió estos meses pasados, no vayamos a acabar en el mismo punto de partida. Aunque nos vengan con el aparato de limpiar recuerdos de los Men in Black.
sentir miedo al cruzarnos con alguien por la calle. Pero es que lo anterior tampoco lo era visto como ha acabado con la llegada del bichito de marras que ha hecho caer como un castillo de naipes, en sólo unos meses todo un sistema social creado a través de los siglos. Una vez más intentarán borrarnos los recuerdos para que todo siga igual, para que volvamos a las andadas. Si lo consiguen habrán ganado, no tendremos nada a lo que agarrarnos si alguna vez volvemos a pasar por algo parecido. Puede que no sea ahora, puede que no te afecte. Pero igual es dentro de unos años y entonces seas uno de los ancianos que acaban abandonados a su suerte. ¿De verdad podemos permitirnos el lujo de olvidar?
hace un desconchado lo tiras a la basura y ya está, te acercas al bazar de cabecera y apañado. Todos lo hacemos. Nos resignamos a comprar otro objeto nuevo, sin alma.. y todo eso, ya sabes, un trasto. Es nuestro ADN occidental consumista, nada que ver con Japón donde ya llevan siglos practicando el kintsugi. ¿Qué que narices es eso? Pues resulta que es toda una filosofía de vida de la que se puede aprender muchísimo. Y ya te digo que estos días, por circunstancias que no vienen al caso me ha venido al pelo si es que, por la cuenta que me trae, quiero sacar alguna enseñanza.
le darán valor. Un valor añadido que recuerda el desgaste que provoca el tiempo, el tiempo pasado y el cambio que la cotidianidad va dejando en las cosas y en las personas. Todo cambia, todo es mutable, ¿porqué no reconocerlo? El tiempo actúa sobre todo, deja sus marcas, también en los seres humanos, esos a los que a pesar de lo que estamos viviendo seguimos tratando como trastos. Piensa en las huellas que quedan en nuestra alma por las vivencias transcurridas. Al igual que ese plato que se rompió y fue reparado, los surcos nos vuelven únicos y nos hacen ganar en belleza.
hecho feliz y en lo que te ha hecho pupa. ¿No crees que nada debe ser sustituido? Todas y cada una de esas cosas ha dejado su huella pero también te ha llevado a ser quien eres. Quítate la máscara de Supermán, piensa que aunque ocultemos nuestros defectos, somos humanos con nuestras maravillas e imperfecciones, con nuestras fortalezas y fragilidades.
nos cuentan. Nos han acostumbrado tanto al bombardeo constante de noticias y ruido de todo tipo que dudo que seamos capaces de ser siquiera conscientes del martilleo constante, ahí está el problema. Es la paradoja que vimos estos días, estamos tan informados que quizá sería mejor decir que nos mantenemos más desinformados que nunca. Nos hemos acostumbrado a engullir cantidades gigantescas de datos que circulan ante nuestros ojos sin que hagamos nada al respecto pero ¿Somos más inteligentes por eso? No, seguro que no, poco tiene que ver una cosa con la otra.
tenemos hoy en día es el de quedarnos a solas con nuestros pensamientos y escuchar en mitad del silencio una voz que diga “¡Hola, soy tu!”. Seguro que si apagásemos todos los aparatos que nos rodean y nos centrásemos en escuchar nuestro propio silencio, sin ruido blanco, enloqueceríamos en menos de una hora. ¿Exagero? Pues resulta que
fragmentada en miles de trocitos y dirigida a base de exceso de datos que no podemos procesar ¿no? Pues igual va y andamos prestando atención a lo que no es nuestra realidad sino la que nos venden. Puede que seamos víctimas de los que se encargan de atraernos hacia lo que quieren. Andamos como hipnotizados. Hace unos días me di cuenta de que había quedado para tomar café en la cafetería de siempre. Bajé en el ascensor, atravesé media ciudad a pie y llegué a sentarme en la mesa de siempre. Todo sin levantar la cabeza de la pantalla del móvil ¿Te puedes creer que durante el camino no vi nada ni a nadie, incluido un par de conocidos que deben pensar que soy un maleducado? Pensarás que tampoco me había perdido nada. Pero si te paras a pensar lo que había ocurrido en ese lapso de tiempo era la vida, nada más y nada menos. Y así andamos todos, robotizados sin ser conscientes de que el tiempo se nos escapa de las manos.
económicos diciendo que la depresión del 2008 va a ser un chiste y que lo peor está por llegar, vamos que todo son alegrías. Parece que todo está inmerso en un ambiente de frustración al ver que después de todos estos meses no sólo no hemos aprendido nada sino que la mezquindad humana resurje de las cloacas más pestilentes elevada a la enésima potencia. Todo esto ha creado un caldo espeso y mugriento que nos hace pensar en que igual va y lo del final del mundo parece que va en serio. Ya lo decían los agoreros de guardia (los hay a montones), «como profetizó la Biblia, las epidemias son una característica de los
últimos días». ¿Bah, tonterías, verdad? Sólo me faltaba enterarme que los Mayas atacan de nuevo. Resulta que los buenos señores vaticinaron que el mundo acabaría el 21 de diciembre del 2012. No ocurrió nada paro ahora, siete años y medio después, como si fuese una cita de especialista de la Seguridad Social, el científico estadounidense Paolo Tagaloguin ha programado una nueva cita el 21 de junio del 2020. El cambio se debe a que nadie cayó en que cuando cambiamos el calendario Gregoriano por el Juliano se dejaron de sumar 11 días por año, lo que, multiplicado por los 268 que se lleva utilizando el actual, dan como resultado un desfase de 2.948 días, justo este domingo. Así es que mejor vete preparando unos buenos planes y un paquete de palomitas para asistir al espectáculo.
planeta el pasado 29 de abril y al final nos quedamos esperando el impacto que acabase con toda la inmundicia humana porque al final, visto lo visto, vamos a acabar invocando al meteorito destructor porque acabar con todo y volver a empezar puede que sea cada vez una solución más razonable visto que seguimos igual, que no escarmentamos, que esta especie está empeñada en autodestruirse y de paso llevarse a todo el planeta por delante. Lo vemos todos los días, en nuestros políticos crispados. Lo sentimos cuando descubrimos que en pleno siglo XXI todavía se maltrata a la gente por el color de su piel o cuando un cantante ha de salir por los medios “confesando” su homosexualidad, como si eso fuese algo que se ha de confesar, como si todos los seres humanos no tuviesen el derecho y la dignidad de amar a quien quieran en total libertad. Por lo visto no hemos aprendido nada, continuamos viviendo los mismos en las redes sociales que se han convertido en un vertedero de bilis, continuamos creyéndonos superiores los unos a los otros y no hacemos más que repetir los esquemas de siempre. ¿Para cuando decís que viene el próximo meteorito?